PATENTE DE CORSO

Arturo Pérez-Reverte
Sobre maîtres y camareros
Apenas cruzo el umbral de La Bersagliera, en
Nápoles, veo que algo no marcha como es debido. Hay una
ligera variación en cómo están dispuestas las mesas, y
Salvatore, el maître de toda la vida, no aparece por
ninguna parte. Por otro lado, aunque me dan una buena
mesa junto al mar, nadie pregunta si tengo reserva. Y
para colmo, alguien le está cantando
O sole mio a una
docena de japoneses que comen tallarines con pulpo. Al
poco se confirman mis sospechas tenebrosas: la pasta
está mal cocida, los espaguetis vóngole -aquí eran los
mejores del mundo- no saben a almejas ni a nada, y a los
postres una señora rubia y locuaz viene a contarme que
es la nueva dueña del restaurante y que antes tenía uno
en Capri. Y yo, tras escucharla cortésmente, pedir la
cuenta y dejar la propina adecuada, salgo de un
restaurante al que vengo desde que tengo memoria,
dispuesto a no volver en mi puta vida.
Juro por una botella de Tignanello que no se
trata de comida. O no siempre. Hay sitios
perfectamente infames a los que desde hace décadas sigo
fiel como un perro dóberman. Y es que no sé a ustedes;
pero lo que me ata a un restaurante, a un bar o a un
hotel, es la gente que lo atiende: encargado, camareros,
conserjes. Natural, supongo, en quienes nomadearon toda
una vida con mochila al hombro o maleta nunca deshecha
del todo, improvisando hogares donde, como diría el
capitán Alatriste, hubiera un clavo en la pared donde
colgar la espada. O, dicho de otro modo, mesa adecuada
para tener abierto un libro sobre el mantel. Lo
agradable de los lugares donde uno recala depende,
especialmente, de las personas que allí trabajan y le
dan carácter. Como el hotel Colón de Sevilla -ahora
Meliá Colón-, al que permanezco fiel pese a la infame
decoración que transformó un elegante y clásico lugar de
toreros en algo parecido a un picadero gay perfumado de
frambuesa. Y en lo que a restaurantes se refiere, lo
acogedor puede incluir desde la humilde casa de comidas
al más sofisticado restaurante. Desde el Rincón
Murciano, por ejemplo, donde Andrés, el entrañable
dueño, termina sentándose a tu mesa aunque le hagas
señas para que se largue porque intentas trajinarte a
Sharon Stone, hasta Miguel, el maître del restaurante
asiático del Palace de Madrid, siempre tan impasible,
eficaz y perfecto que no desentonaría en el Grand Véfour
de París: espejo de maîtres que en el mundo han sido.
Tuve el privilegio de tratar a muchos de
ellos en mi vida, desde que eché a rodar
jovencito: dueños, encargados y camareros. De los
buenos, que fueron numerosos, admiré en unos la calidez
de trato y en otros la compostura; como aquel
elegantísimo maître que hace dos décadas aún trabajaba
en la plaza del Panteón de Roma, mientras yo solía
sentarme en la terraza de enfrente sólo por verlo
actuar. O los eficientes maître y camarero del Miramar
de Torrevieja, con cuya marcha empezó a morir el
restaurante del que eran nervio y decoro. Obviando,
naturalmente, a los estúpidos, cursis, zafios, serviles
o incompetentes que me hicieron descartar sitios, o
alejarme de algunos que amé.
En todo caso, soy afortunado: la
relación que ocupa mi memoria es larga y grata. Incluye,
entre otros, al personal del café Gijón, del Schotis y
de la taberna del capitán Alatriste de Madrid, a Enrique
Becerra o la gente de Las Teresas en Sevilla, y en
especial a Teo y los siempre impecables muchachos de
Lucio. También, la sólida calidez de quienes atienden el
Belinghausen de México D.F., el Munich de la Recoleta de
Buenos Aires o el Acqua Pazza de Venecia, a pocos pasos
del puente de los Asesinos. Todos ellos, como muchos
otros, supieron y saben conciliar el servicio a los
clientes con la dignidad y la eficiencia. Con el orgullo
de una vieja y sabia profesión. Con la amistad y la
confianza, cuando se dan, no reñidas con el respeto y
las maneras. Con un punto justo de hoy por ti, mañana
por mí, donde hasta las propinas, el modo de darlas o
recibirlas, tienen sus códigos. Sus reglas no escritas.
Y así, algunos de esos hombres y mujeres figuran por
mérito propio entre mis mejores recuerdos. Como la fría
y eficiente elegancia de Gérard, que fue maître del Al
Mounia de Madrid en los años 70. Y Mustafá, jefe de
camareros del Holiday Inn durante el asedio de Sarajevo.
Y aquel impávido maître croata del restaurante Terraza
de Osijek, verano del 91, que nos estuvo atendiendo muy
circunspecto a Hermann Tertsch, Márquez, Julio Alonso y
otros reporteros mientras caían cebollazos serbios en
las casas cercanas, sin que le temblara el pulso; y
cuando le dijimos: «Tres bombas más y nos vamos»,
encogió los hombros dando a entender que, por él, como
si esperábamos a que cayeran veinte. Pero aquella noche
sólo esperamos tres. Las justas. Antes de salir
corriendo.
Urbanismo de género (y
génera)
Es
cierto que, en materia de latrocinio y poca vergüenza,
la Junta de Andalucía y sus paniaguados a sueldo, que
son varios, no van más allá de otros gobiernos
autonómicos trufados de golfos y maleantes. También es
cierto que en todas partes cuecen siglas partidarias; y
que, saqueadores aparte, un elevado número de tontos del
ciruelo por metro cuadrado, con corbata y coche oficial
o como simple infantería, no es exclusivo de ninguna
autonomía de esta España discutida y discutible. Sin
embargo, respecto al porcentaje de sinvergüenzas y de
tontos -incluida la variedad mixta de tontos
sinvergüenzas-, el régimen que desde hace tres décadas
gobierna Andalucía queda muy bien situado en el palmarés
nacional. Aunque ojo. Podrá atribuírsele el logro de una
región saqueada, en paro y con índices de indigencia
cultural y educativa que a veces lindan con el
subdesarrollo; pero ése es detalle que se diluye en el
contexto. A ver en qué autonomía no tenemos en nómina
-duques y duquesas aparte- a cierto número de políticos
ladrones, incompetentes y analfabetos. Sin embargo, lo
que no puede regatearse a la Junta andaluza es un lugar
de vanguardia en los anales de la imbecilidad
oportunista y demagoga de género y génera. Ahí no hay
quien moje la oreja a mis primos. Y primas. Nada
comparable a una ultrafeminazi andaluza dándole vueltas
al magín para justificar las subvenciones que trinca o
espera trincar, con un político cerca, en plan compadre
y dispuesto a ponerle a tiro el Boletín Oficial.
Déjenme que les cuente la última.
O última que me envían. Ahora, con esto de la piratería
digital, la poca lectura y la porca miseria, los
juntaletras tendremos que buscar la vida en otros
pastos. Yo mismo estoy considerando la posibilidad, a
mis años provectos, de hacer oposiciones a ingeniero de
montes de la Junta de Andalucía, y aplicar allí un
sistema contra incendios forestales que llevo años
maquinando, y que no sé cómo a nadie se le ha ocurrido
proponer todavía para trincar una pasta oficial enorme:
un pino, un cortafuegos; un pino, un cortafuegos. A
cortafuegos por pino. Cosas más idiotas o descaradas se
han subvencionado allí, en cualquier caso. El asunto es
que, en el temario de las oposiciones, hallo una perla
australiana: el artículo 50.2 de la ley 12/2007 para la
Igualdad de Género en Andalucía. Que reza, con dos
cojones:
«Los poderes públicos de Andalucía,
en coordinación y colaboración con las entidades locales
en el territorio andaluz, tendrán en cuenta la
perspectiva de género en el diseño de las ciudades, en
las políticas urbanas y en la definición y ejecución de
los planteamientos urbanísticos».
Aparte de no saber qué relación hay entre
ser ingeniero de montes y montañas andaluz y
tener perspectiva de género, las preguntas inmediatas
son obvias y hasta elementales, querido Watson. Eso,
¿cómo se hace? ¿Cómo se tiene en cuenta la perspectiva
de género en el diseño de las ciudades y políticas
urbanas? ¿Consultando los arquitectos a las asociaciones
radicales feministas antes de trazar calles y plazas,
para que les den permiso? ¿Procurando que los pasos de
cebra no favorezcan a presuntos maltratadores?
¿Disponiendo aceras paritarias, unas para hombres y
otras para mujeres, u obligando a circular por cada vía
urbana al mismo número de ellos y ellas? ¿Rebautizando
calles para que por cada nombre masculino haya uno
femenino? ¿Patrullando con guardias y guardios que,
cuando sean policía montada, cabalguen
indiscriminadamente caballos machos y yeguas?
¿Procurando que entre los cartones y sacos de dormir que
adornan los soportales de la Plaza Mayor de Madrid para
deleite de turistas, haya el mismo número de mendigos y
mendigas? ¿Que por cada grupo de mariachis,
jazz band de ex
bolcheviques, o rumano que hace música con vasos de
agua, actúe una violinista búlgara, una orquesta de
nigerianas o un grupo de mejicanas cantando
Allá en el rancho grande?
¿Que cada perroflauta lleve el mismo número de perros
que de perras, de flautas que de flautos? ¿Que en los
parques juegue por decreto municipal la misma cuota de
niños y niñas, y se mantengan turnos rigurosos para
columpios y toboganes, con agentes que sancionen a
padres y madres, abuelos y abuelas, que incumplan? ¿Que
en cada zona de prostitución haya el mismo número de
putas que de chaperos? ¿Que nos vayamos todos juntos y
juntas a tomar por saco?
Ilústrenme, porfa. Necesito que
alguien me lo explique. Ingeniero de montes, recuerden:
pinos, cortafuegos. Oposiciones al caer. Me va el futuro
en ello.
Tengo en la biblioteca una Bounty de casi un
metro de eslora, dentro de una urna de cristal. Ese
barco -aunque originalmente era un carbonero de tres
palos, escribo su nombre en femenino por razones más
sentimentales que técnicas- presidió buena parte de mi
infancia, animada por relatos sobre el mar entre los
que, naturalmente, se contaba el motín de sus
tripulantes en Tahití contra el despótico capitán Bligh
en 1789: odioso personaje, aunque buen marino, que fue
interpretado en el cine sucesivamente, y en los tres
casos de forma espléndida, por Charles Laughton, Trevor
Howard y Anthony Hopkins. El caso es que, como digo, ese
barco inspirador de la trilogía que sobre el episodio
escribieron Nordhof y Hall -conservo Rebelión a bordo,
Hombres contra el mar y La isla de Pitcairn en el grueso
volumen que perteneció a mi padre- formó parte de mi más
temprana educación en lo que a barcos se refiere. Antes
de cumplir los nueve años, la Bounty era tan habitual en
mis primeras singladuras imaginarias como el ballenero
Pequod, la Hispaniola donde navegó Jim Hawkins, el
Nautilus del capitán Nemo, o el Arabella, buque pirata
del capitán Blood.
Mi Bounty -comprendan el
legítimo orgullo de propietario- es magnífica: casco
hueco, tracas claveteadas, lijadas y barnizadas sobre
las cuadernas, madera, latón, velas aferradas en las
gavias y la bandera británica en el pico de cangreja del
palo mesana. Un trabajo artesano, ése, que puedo alabar
sin reservas porque no es mío -los barcos que construí
nunca fueron tan perfectos- sino de un amigo que lo hizo
para mí, echándole al asunto todo su afecto y su arte. Y
ahora luce, honrada como merece, en una urna de cristal
encastrada en un panel de la biblioteca, visible tanto
por babor como por estribor. Rodeada, naturalmente, de
libros que hablan de mares y marinos.
Hay una ventana grande cerca, al
otro lado de la habitación. Y cada mañana, a la hora en
que me dispongo a bajar por la escalera que lleva al
lugar donde trabajo, la primera claridad del día entra
por esa ventana e ilumina el suelo al pie de la vitrina.
Los días grises traen una luz pizarrosa y tenue; pero
los días despejados es un intenso rectángulo de sol el
que incide directamente en las baldosas, enviando en
dirección al casco y la arboladura de la Bounty un
reflejo de claridad primero rojiza y después dorada que
los ilumina desde abajo. El efecto, asombroso, dura unos
minutos y es idéntico a la luz de un amanecer. Lo he
visto cien veces en el mar, fondeado o navegando, cuando
el disco solar asoma en la línea del horizonte: esos
rayos horizontales que tornasolan el agua, primero
intensamente bermejos y luego más claros y amarillentos
a medida que el sol se hace visible, que iluminan los
palos y velas cuando la cubierta aún está en sombra, y
descienden despacio por la arboladura hasta deslumbrarte
en rojos y dorados, alejando la noche por la banda
opuesta. Haciendo posible una vez más el extraño
milagro, la ilusión reconfortante y engañosa, de que el
mar que te rodea, o la costa que la luz descubre a
sotavento, parezcan más una promesa que una amenaza.
De ese modo veo la Bounty cada mañana,
erguida y hermosa como si estuviera lista para la
maniobra, fondeada sobre un ancla a la espera del
silbato del nostramo. Obra maestra, como casi todos los
buques de su época -ni siquiera una nave espacial supera
en perfección a un navío de 74 cañones-, de la
inteligencia, el arte y el coraje de gente para la que
el mar nunca fue una barrera sino un camino. Con esa
belleza natural, madera, lona, hierro y cáñamo en la
primera luz del día, que ni los magníficos lienzos
navales de Garneray, Dawson o Hunt pudieron imitar
jamás. Como la vería con mis propios ojos en el mar
auténtico, a tamaño real, si estuviera fondeado muy
cerca de ella o remando en un bote en sus proximidades:
iluminada desde abajo por la luz del sol naciente que
hace relucir los dos cañones de babor que asoman por las
portas situadas a popa, con la cubierta todavía en
sombras bajo los palos y velas aferradas, y las cofas
que la luz recorta entre la telaraña de jarcia que
blanquea sobre la penumbra azul que retrocede hacia
poniente. Como debió de verla por última vez, desde su
bote, el capitán Bligh cuando fue abandonado a la deriva
con dieciocho marineros leales, antes de emprender la
hazaña de navegar cinco mil millas hasta Timor. Por eso
cada mañana, al ver amanecer sobre la Bounty, sonrío
recordando a los niños que soñaron con barcos como ése,
cuando el mundo no se limitaba a la pantalla de un
ordenador y la imaginación era refugio de los hombres
libres.
Sobre libros, cañas y tapas
Unos
cazan conejos o venados, y otros cazamos
libros. Transcurre una de esas mañanas frías y soleadas
de Madrid, cuando las casetas de la cuesta Moyano se
alinean en una luz cegadora con sus mostradores y
tenderetes llenos de libros de lance. Entre esos
naufragios de librerías, pecios de bibliotecas, restos
flotantes de vidas y mundos desaparecidos, me muevo
atento y sigiloso como un francotirador adiestrado por
viejos hábitos. Dispuesto, como estipulan las reglas, a
actuar sin piedad frente a otros eventuales cazadores,
madrugándoles la pieza codiciada. Llevo así hora y
media, mirando, tocando, husmeando como un depredador
pertinaz, del mismo modo que mi teckel Sherlock lo
haría, si su amo le permitiera hacerlo, tras el rastro
de un codiciado jabalí. Con el pálpito en el corazón y
el hormigueo en los dedos sucios de buscar y rebuscar
que siente todo psicópata de los libros en lugares como
éste. Ávido por cazar hasta sin hambre. De colmar el
zurrón aunque vaya bien repleto.
Saciado al fin, o casi, cargo
con un botín que justifica el paseo: una biografía de
Nelson, el Napoleón de Ludwig -lo habré regalado cinco o
seis veces-, el Viaje del Parnaso en edición crítica de
Rodríguez Marín, la biografía de Engels de Tristam Hunt,
tres novelas de Ágatha Christie y una de Eric Ambler.
Entre los ocho libros, el desembolso total no llega a
los setenta euros. Sabiendo mirar con paciencia y atento
a las ediciones de bolsillo, puede comprarse aquí una
docena de libros por quince o veinte mortadelos. Eso
incluye policíacos o de aventuras y grandes obras de la
literatura universal. De Beau Geste o Adiós muñeca a La
línea de sombra o Crimen y castigo. Absolutamente todo.
Sin embargo, en este paraíso de
libros y felicidad lectora que es la cuesta Moyano, hay
cuatro gatos. Menos de treinta personas se mueven por
las casetas y los tenderetes. Y eso, en día casi festivo
como hoy; en que, con crisis como sin ella, bares y
terrazas están llenos. Como de costumbre, la charla con
algunos amigos libreros ha sido un rosario de lágrimas y
pesares. No se vende un carajo, es frase que lo resume
todo. Cada vez viene menos gente, y esto se muere. Y
fíjate, añaden, que no hay lugar donde se concentre una
oferta cultural tan extraordinaria y barata como ésta.
Escuchándolos, recuerdo con amargura una discusión que
mantuve hace días en Twitter con algún cantamañanas que
argumentaba, en defensa de la piratería salvaje y del
todo gratis para todos -confundiendo cultura de fácil
acceso con cultura impunemente saqueada-, que los libros
son caros y eso justifica trincarlos de Internet por la
patilla. Lugares como la cuesta Moyano, las librerías de
viejo o las ferias que los libreros de lance organizan
con gran esfuerzo en diversos lugares de España,
desmienten esa simpleza. Y si es cierto que la novedad
editorial alcanza en ocasiones precios indecentes, a
quien desea tener un buen libro en las manos le basta
darse una vuelta por lugares como éste con diez euros en
el bolsillo. O con menos. El precio de una caña y una
tapa. Raro sería que no se fuese con tres o cuatro
libros. O más. Quien no compra un libro es porque no
quiere, o porque no lee. No porque todos los libros sean
caros. Así que déjenme de milongas y cuentos chinos.
Aunque, para cuento chino, el de
las autoridades municipales con la cuesta Moyano.
Durante años, el ex alcalde Ruiz Gallardón desoyó el
ruego de los libreros de que, para darle vida a aquello,
instalase en el paseo algún chiringuito con terraza, que
es lo único que atrae a la peña. Si vienen a tomar
copas, argumentaban, algún libro verán, porque estaremos
enfrente. El alcalde, naturalmente, se pasó la
sugerencia por el forro del bastón municipal,
argumentando competencias, permisos y ordenanzas que,
por otra parte, nadie opone a la proliferación de bares
y terrazas que llenan el centro de la ciudad. Y mucho
temo que la nueva alcaldesa haga lo mismo, pues los
libros no importan ni a los alcaldes. De todas formas,
previne a los amigos de Moyano, cuidado con las ideas,
que tienen doble filo. Un concejal avispado puede echar
cuentas, concluyendo que el negocio sería mandar a los
libreros a tomar por saco y montar en cada caseta un
chiringuito de tapas, dándole la concesión a la empresa
de algún compadre. De libros, ni rastro; pero la verja
del Retiro se pondría de bote en bote, con todo Madrid,
turistas incluidos, dándose codazos con una copa en la
mano: terrazas llenas, ambientazo, promoción en los
telediarios, y muchos puestos de trabajo para camareros,
que es la única profesión nacional en auge. Ni crisis,
ni leches. La cuesta Moyano, ahora sí, de plena moda. Y
viva España.
Los jóvenes reporteros nunca
mueren
Hace
unos días volví a ver la película que rodó
Gerardo Herrero sobre Territorio comanche; que más que
novela era un trozo de memoria personal con la ficción
justa para aliñar la cosa. Rodada en escenarios tan
naturales como la guerra misma, la película resiste el
paso del tiempo; con la particularidad de que, al
mostrar un Sarajevo agitado por los últimos coletazos
del asedio serbio, contiene un valor documental
extraordinario. Por mucho dinero que se metiese en la
producción, sería imposible reconstruir hoy el sombrío
decorado de esa ciudad destruida y peligrosa. El caso es
que he visto de nuevo la película, como digo,
refrescando el recuerdo que de ella conservaba: cierta
cómica incomodidad cuando Imanol Arias, que en la peli
hace de mí, o casi, se muestra demasiado nervioso bajo
el fuego -un reportero veterano, le decíamos sin éxito,
siente la guerra con los ojos, no con los oídos-, y una
sonrisa cómplice ante el modo con que Carmelo Gómez
interpreta el papel del cámara de televisión José Luis
Márquez; que a mi juicio, y también al del propio
Márquez, es una de las mejores interpretaciones de su
espléndida carrera de actor.
Estos días también he visto un
magnífico documental de Roberto Lozano -Los
ojos de la guerra, se titula- sobre los actuales
reporteros. Aparte de removerme algunas nostalgias, el
documental plantea una pregunta que me hacen con
frecuencia: si echo de menos mis tiempos de reportero
dicharachero de Barrio Sésamo, y si el periodismo bélico
que se hace ahora tiene algo que ver con el de mi
generación, la tribu de enviados especiales que, criados
al socaire de viejos maestros como Vicente Talón, Manu
Leguineche, Enrique Meneses, Tomás Alcoverro o Miguel de
la Cuadra, cubrimos conflictos durante el último tercio
del siglo pasado. Y mis respuestas a esas preguntas
siempre se resumen en una: no lo añoro porque ya no
existe, y el periodismo de guerra actual poco tiene que
ver con el de ayer. Entonces te perdías dos meses en
África y al regreso tu reportaje iba en primera página;
mientras que ahora, si tardas minuto y medio en dar una
información, ésta se queda vieja porque ya la conoce
todo el mundo. El teléfono móvil, la conexión en directo
y el ordenador portátil acabaron con los viejos
reporteros. Los enviados especiales de la televisión son
ahora bustos parlantes de terraza o ventana de hotel,
aunque no sea culpa suya: es imposible salir a la calle
a buscar información cuando debes entrar veinte veces al
día en directo, y a tus jefes interesa más decir
«tenemos a alguien allí, o cerca» que lo que ese alguien
cuente; pues la misma información ya circula por la Red
desde hace rato, gracias a anónimos reporteros
ocasionales que cuentan lo que ellos mismos viven.
Además, una guerra bien cubierta resulta muy cara de
cubrir, y no están los tiempos para alegrías, ni
siquiera en los medios públicos. Más, cuando entre una
matanza en Damasco y una final del Barça, la peña -que
ésa es otra- prefiere ver el fútbol.
Sin embargo, viendo el
documental de Roberto Lozano, y gracias a las
incursiones que a veces hago en blogs de reporteros
independientes que andan por esos mundos buscándose la
vida a su aire, compruebo con admiración que el
periodismo de guerra no ha desaparecido. Se vuelve más
individual, tal vez. Más humilde, peligroso y
vocacional. Pero allí donde no llegan los grandes medios
informativos, siguen llegando algunos hombres y mujeres,
jóvenes por lo general, a quienes el ansia de aventura,
la vocación, el cara o cruz de palmar o hacerte una
reputación si sobrevives, empuja a coger una mochila y
jugársela. Prefiero no estar en la piel de sus padres o
de quienes los aman. Su vida es difícil; y sus
ganancias, escasas. Ninguna aseguradora se hará
responsable de su salud o su vida. Y aunque así fuera,
pocos podrían permitírsela. Pero ahí van y ahí siguen,
los que aguantan la prueba. El mundo es aún más
peligroso que antes, la televisión e Internet volvieron
peor y más resabiada a la gente que sufre y muere en
lugares extremos; y moverse por donde crujen las
costuras del mundo es una osadía suicida. Por eso el
auténtico periodismo de guerra lo hacen hoy esos chicos
y chicas solitarios y valientes, con sus blogs, sus
tuiteos, sus mensajes sobre lo que ven y fotografían en
lugares hostiles y remotos. Los últimos grandes
reporteros siguen sin ser los últimos: tomaron su relevo
estos parias del periodismo que con su tesón y coraje,
afrontando la falta de medios, la vida incierta, la
desgracia y la muerte propias del oficio -tales son las
reglas y el precio de la aventura-, desmienten el viejo
dicho de que, en toda guerra, la primera que muere es la
Verdad.
Hace
tiempo que no tecleo en plan abuelito Cebolleta,
contando alguna peripecia histórica. Así que refrescaré
una que, en realidad, es epílogo de otra que ya referí
hace tres años -Un gudari de Cartagena- sobre el combate
del pesquero armado republicano Nabarra con el crucero
nacional Canarias durante la Guerra Civil. La acción
tuvo lugar cerca del cabo Machichaco; y como señalé en
su momento, es mi episodio favorito de la historia naval
española del siglo XX. Lo que voy a contarles quizá
contribuya a aclarar por qué.
El 5 de marzo de 1937, durante
una acción contra un pequeño convoy republicano, las
13.000 toneladas y las cuatro torres dobles del
Canarias, capaces de disparar proyectiles de 113 kilos,
se enfrentaron a un humilde bacaladero de la Euzkadiko
Gudontzidia -ikurriña en la proa y bandera española con
franja morada a popa- armado con sólo dos cañones de
101.6 milímetros. El combate fue brutal y sangriento:
durante una hora, maniobrando con tenacidad suicida
entre una fuerte marejada, el comandante del
Nabarra, Enrique
Moreno Plaza, un murciano al que la Enciclopedia
Auñamendi llama «marino vasco nacido en la Unión»
-confirmando, como dice mi amigo el marino y escritor
Luis Jar, que los vascos nacen donde les da la gana-, y
los cuarenta y ocho hombres de la dotación, lograron
arrimarse lo bastante al crucero enemigo para sostener
un combate que sus propios adversarios, en el parte
oficial, calificarían de «eficaz y admirable». Y al fin,
en llamas, sin arriar bandera, el pequeño Nabarra se
hundió con treinta hombres a bordo -imposible
compararlos con los miserables que hoy se llaman a sí
mismos gudaris-, incluido el comandante. Con ellos murió
también el cocinero, Pedro Elguezábal, que mientras se
iban a pique, animado por una botella de coñac, enseñaba
al Canarias un cuchillo desde la borda gritando: «Venid
si tenéis huevos, cabrones».
Ésa es la historia que conté hace tres años,
aunque en folio y medio no me cabía el epílogo. Uno de
esos adversarios que calificaron de eficaz y admirable
la hazaña del humilde Nabarra fue el tercer comandante
del Canarias, Manuel Calderón. Y ese marino de la
escuadra nacional demostró, con su comportamiento tras
el combate, una admiración por la valentía del enemigo
derrotado, una compasión y una calidad humana que
situaron en el mismo plano de grandeza moral, quizá por
única vez en la sucia historia de nuestra Guerra Civil,
a vencedores y vencidos; sobre todo en lo que se refiere
al aspecto naval del conflicto, donde la saña de unos y
otros desbordó la infamia, con asesinatos masivos de
oficiales en la zona republicana y con una despiadada
aplicación de la pena de muerte por parte de los
tribunales franquistas a los marinos, mercantes o de
guerra, capturados al bando enemigo. Ése fue el caso de
los diecinueve supervivientes del Nabarra, que fueron
condenados a muerte tras su desembarco y prisión. Y si
no se cumplió la sentencia fue gracias a los esfuerzos
del comandante del Canarias, capitán de navío Moreno, y
sobre todo al tesón de su tercero, el capitán de corbeta
Calderón, que removió cielo y tierra para salvar la vida
de los vencidos. Calderón llegó al extremo de pedir una
entrevista con el general Franco, en la que argumentó:
«Esos hombres son unos héroes, y los héroes merecen
vivir». Tanto insistió una y otra vez en alabar el valor
de aquellos diecinueve marinos, que para quitárselo de
encima Franco acabó concediendo el indulto y la
liberación inmediata de todos ellos. «Sáquelos de la
cárcel -fueron sus palabras exactas-. Y luego invítelos
a comer chipirones. Pero pague usted de su bolsillo».
Hubo algo más que chipirones.
Porque Manuel Calderón siguió velando el resto de su
vida por los supervivientes del
Nabarra. Buscó
trabajo a unos, recomendó a otros y protegió a todos
para que no sufrieran represalias. Al marinero Lahoz le
avaló un crédito bancario, al segundo oficial Olaveaga
lo ayudó a obtener el título de capitán de la marina
mercante, y cuando supo que al telegrafista Cahué le
negaban trabajo en Baracaldo por sus antecedentes
políticos, se presentó allí de uniforme, convocó al
alcalde y al comandante de la Guardia Civil, y dijo que
al día siguiente quería ver a Cahué trabajando. Fue
Manuel Calderón, en suma, un marino decente y un hombre
de honor. Con más gente como él, la suerte de la infeliz
España habría sido entonces, y aún ahora, más afortunada
de lo que fue y de lo que es. La prueba de que los
hombres del Nabarra le profesaron idéntica lealtad y
aprecio es que cuando Calderón, soltero y sin hijos,
murió en 1979 en una residencia de ancianos, sus
antiguos enemigos en el combate de cabo Machichaco lo
habían hecho padrino de treinta y dos hijos y nietos.
Sobre reglas y remordimientos
Hace
unos días recibí una interesante carta de un
lector, a la que todavía doy vueltas en la cabeza.
Aunque el interés resida menos en lo concreto que ese
lector plantea que en la visión del mundo y la vida de
la que tal carta es reflejo, o síntoma. Leída la última
aventura del capitán Alatriste, el comunicante -amable y
afectuoso- me dirige un reproche singular: la falta de
remordimientos expresos por parte de Alatriste tras la
muerte de varios de sus camaradas, en Venecia, en el
curso de la misión a la que los condujo. La ausencia, en
suma, de un acto de contrición alatristesco. De una
pesadumbre expiatoria de carácter público, ante terceros
o ante el lector mismo, por la suerte que han corrido
algunos de los hombres, viejos compañeros de armas, a
los que el capitán comprometió en la aventura. Ni un
ápice de dolor por su pérdida, se lamenta el lector.
Nula expresión de culpa. La carta no sólo expone la
desazón de ese lector ante la aparente falta de
escrúpulos de Alatriste, sino que en ella apunta un
sentimiento casi ideológico: un lamento porque el
veterano soldado no haga ostentación de ciertos valores
morales o éticos que desde un punto de vista actual
podrían sonar adecuados, como solidaridad, compasión o
remordimiento. Porque se cisque en el canon de lo
correcto, dicho en corto. Que vaya a lo suyo y,
escabechados los colegas, ahí me las den todas. Mejor
vivo que muerto. Punto. Que reaccione, por ejemplo, como
Aglae Masini en Nicosia, 1974, cuando en un tiroteo
espeso me tumbé sobre ella en plan machote, para
protegerla -yo era un pardillo jovencito que todavía
jugaba a los héroes-. Y ella, irónica y sabia, dijo:
«Gracias, flaquito. Tienes razón. Si han de matar a uno,
mejor que te maten a ti».
En lo que se refiere al capitán Alatriste,
la clave para entender hoy por qué se comporta así, o lo
parece, podría resumirse en dos detalles: desde 1627 ha
pasado mucho tiempo y muchas cosas, y él es un
profesional para quien la violencia y sus complejas
maneras son el duro pan de cada día. Alatriste intenta
sobrevivir en territorio hostil, peleando por su
pellejo; y en tales circunstancias, las lágrimas impiden
ver con claridad el mejor camino para poner pies en
polvorosa cuando las cosas se tuercen. Sus camaradas
eran del oficio, y como él conocían las reglas: dejas de
besar la mano de curas y caciques, olvidas esta tierra
ingrata que hay que regar con sudor a falta de agua,
empuñas una espada rumbo a América, Flandes o al
infierno, y una de dos: haces fortuna o revientas
intentándolo. En treinta años de patear callejones
oscuros y campos de batalla, Diego Alatriste dejó atrás
demasiados cadáveres de amigos y enemigos, incluido el
riesgo de incluir el suyo propio, para que una docena
más le altere el pulso, o le haga malgastar un resuello
que necesita para sobrevivir. Lo suyo no es
indiferencia, sino resignación profesional. Asumir que
el mundo donde vive y pelea es un lugar peligroso donde
lo más fácil es que te pille el toro. Algo que sólo los
idiotas -los menguados, diría él- se empeñan en ignorar.
Eso, naturalmente, no excluye el dolor. Pero éste
discurre por otros cauces. No tiene por qué ser
melodramático, ni inmediato. Como lo de Márquez en
Sarajevo, después de aquellas jornadas con mucha bomba y
mucha morgue, cuando te ibas de los sitios con las
suelas de las botas dejando huellas de sangre en el
suelo. Soltaba la cámara, se acuclillaba con la espalda
contra la pared, encendía un cigarrillo y se pasaba una
hora inmóvil, mirando el vacío. Ordenando
remordimientos.
El otro punto son los cuatrocientos años
transcurridos. La literatura también es salir de
nosotros para mirar con ojos ajenos, viviendo vidas que
de otro modo serían imposibles. Comprender, diferenciar,
lo que fuimos y lo que ahora somos. Por eso, cada vez
que tecleo una aventura de Alatriste -sicario que mata
por dinero, que ha torturado, que marcó la cara de una
mujer- intento que el lector vea el mundo no con
anacrónicos ojos de ahora, sino como se veía entonces:
áspero, cruel, sin oenegés ni lacitos solidarios en la
solapa. Cuando lo políticamente correcto lo traían
todos, y no sólo Alatriste, en la punta de la espada o
en la punta del cimbel. Un mundo imposible de juzgar con
criterios occidentales modernos, pues -todavía ocurre
eso en buena parte del planeta- una vida no valía ni el
acero o la soga que se empleaban en quitarla. Aunque nos
empeñemos en olvidarlo, no siempre fuimos amantes de las
focas y los delfines, ni a un niño de ocho años lo
expulsaban del colegio por pelearse en el recreo, o lo
acusaban de acoso por decirle guapa a una profesora.
Tanto para lo bueno como para lo malo, éramos más
realistas. Más humanos, quizás. Menos gilipollas.
Un
cigarrillo en la puerta de Lucio, al salir a la calle.
Javier Marías lo enciende apenas pisa el umbral. En la
Cava Baja de Madrid hace un frío del diablo. Hemos
despachado una de nuestras habituales cenas después de
la Academia, algunos jueves: tomate aliñado para dos,
escalope Javier, solomillo poco hecho yo, algo de vino.
Siempre en la mesa de la esquina, a la que de vez en
cuando se acerca alguien a decir buenas noches. Lectores
suyos, lectores míos. A menudo -nos sigue sorprendiendo-
gente que nos lee a ambos. Hoy gano yo por dos a uno,
pero otras noches gana él. A veces llevamos la cuenta
sonriendo silenciosos y cómplices. Celebrando que puntúe
el otro. Suena poco español, pero es cierto. Algunas
amistades serían imposibles sin maneras de caballeros. A
fin de cuentas, para eso sirven las reglas.
Raras veces hablamos de literatura.
La gente cree que los escritores pasan el tiempo citando
a Proust o contándose lo del último libro. Quizá haya
gente así, pero no es nuestro caso. Como mucho,
cambiamos algún cromo sobre aspectos técnicos del
mercado, más que del oficio. Tal o cual agente, tal
cifra de ventas, tal traductor o publicación en el
extranjero. Muy prosaico, todo. Muy profesional. La
mayor parte del tiempo nos ocupamos de lo que todos: el
paisaje, la gente, la señora que pasa, el último
telediario o periódico; que no siempre es el de la
jornada, pues vivimos en nuestro mundo de la tecla y no
siempre vamos al día.
Hoy, sin embargo, es charla inusual, pues
acabamos conversando sobre autores y libros.
Caminamos despacio en dirección a la Plaza Mayor, y
entre dos chupadas al cigarrillo Javier recuerda que ya
somos sexagenarios los dos, y pregunta si noto el
estrago psicológico de la cifra. Respondo que no. Que me
siento igual que con cincuenta y nueve. Bromeamos sobre
ello y acabamos parados frente al mercado de San Miguel
-segundo cigarrillo de Javier- comentando lo singular de
compartir un creciente desinterés por los libros recién
publicados -salvo naturales excepciones- y una mayor
inclinación a la relectura de lo que dejamos hace mucho
atrás. «Ahora es otro mundo -comenta Javier-. Otros
autores y otros libros». Y yo estoy de acuerdo. No
mejores ni peores, quizás. Simplemente otros. Como
pedirle, tal vez, a Nabokov que leyera con interés a
Javier Marías. O, forzando mucho el ejemplo y la
categoría correspondiente, a Stephen Crane o a B. Traven
que echasen un vistazo a lo que teclea un tal
Pérez-Reverte.
Comentamos, con pesadumbre, cómo nos flojean
con los años Hemingway y Fitzgerald, por
ejemplo, aunque lo de
Suave es la noche o el
Gran Gatsby
seguramente no es culpa del autor, sino de que nuestro
tiempo pasa; y como ocurre con Hemingway, a fuerza de
leer y teclear terminas por ver más los trucos del
oficio que la novela misma. Aunque eso no ocurre
siempre. Ahí sigue el Gatopardo de Lampedusa, por
ejemplo. Que mejora cada vez que lo lees. O el siempre
enorme y más grande a cada relectura Joseph Conrad: la
obra extraordinaria donde también convergen, desde
lugares casi opuestos, la admiración de Javier y la mía.
Las formas tan diferentes de contar, y contarnos. Con
movimientos de las manos, intentando mostrar la posición
del barco, recurro a lo que sé de maniobras a vela y
viradas por avante para comentar la importancia del
sombrero blanco flotando en el agua de
El copartícipe secreto.
Luego hablamos de que
Nostromo ya no parece tan ágil leída por tercera o
cuarta vez; y de Victoria,
a la que Javier no ha vuelto desde hace mucho y que yo
sigo considerando, en lo formal -en el contenido es
superior Lord Jim,
creo-, la más perfecta y conradiana de las novelas de
Conrad.
Nos resistimos a despedirnos.
Dos amigos recién sesentones, de pie en la calle, de
noche y en mitad del frío, hablando con honradez de lo
que aman y admiran. De aquello ante lo que atribuirnos
las palabras escritor
o novelista suena a
vanidosa osadía. «¿Sabes algo? -dice de pronto Javier-.
Tengo ganas de leer otra vez
El conde de Montecristo».
Le comento que lo abordé por quinta o sexta vez hace
pocos años. «Es la obra total -opino-. Lo tiene todo:
traición, venganza, lealtad, compasión, amor, tesoro
escondido. Ahora la disfrutamos más que cuando éramos
jóvenes». Javier abre con parsimonia su pitillera y
elige un cigarrillo a la luz del farol cercano. «Y
Hammet», añado. La llama del mechero alumbra su gesto de
asentimiento. «Dashiell Hammet es perfecto -responde-.
Tan bueno como cualquiera de los mejores. ¿Te
acuerdas?... El perro movía las patas. El perro dejó de
moverse». Sonrío, lector feliz. Recordando. «Mejor que
muchos de los mejores», apunto. Y Javier asiente de
nuevo, noble y humilde. Chupando su cigarrillo.
Hace
medio siglo justo, cuando el arriba firmante llevaba
pantalón corto y creía en los Reyes Magos,
en la bondad de los policías y en la virginidad de su
madre, la autora de mis días, que era -y sigue siendo,
porque ahí continúa, ochenta y ocho primaveras en la
sonrisa y jugando la prórroga sin ganas de cambiar de
barrio- una señora con fe en la Humanidad en general y
en los buenos sentimientos de sus vástagos en
particular, hizo con mi hermano y conmigo un experimento
sociológico: nos castigó -habíamos hecho alguna
salvajada, con los estragos habituales- a pasar una
tarde de sábado encerrados sin otra diversión que
algunos tebeos de Dumbo y Pumby, Los apuros de
Guillermo, de Richmal Crompton, y las muñecas de mi
hermana Marili. Lo de las muñecas fue, naturalmente, un
refinado toque de humillación deliberada. Un puntito de
crueldad materna, para que me entiendan. Una manera, en
fin, de añadir la nota de infamia al castigo, y que
entre otras cosas puso de manifiesto que Dios no había
llamado a mi pobre madre por el complejo camino de la
psicología infantil. Encerrar de aquel modo y en
semejante compañía a dos desalmados de nueve y seis años
respectivamente, capaces de todo, es un experimento
peligroso en cualquier época y lugar; pero especialmente
arriesgado si, además, se lleva a cabo con dos
individuos que por aquellas fechas sólo anhelaban
hacerse mayores para arponear ballenas -eran tiempos
menos ecológicos que los actuales- o alistarse con
nombre falso en la Legión Extranjera. Así que imaginen
el resultado. Cuando a la hora de la cena abandonamos la
celda del abate Farias, a nuestra espalda quedaban la
Queca Muñeca ahorcada de una lámpara con el cordón de la
cortina, y el Tumbelino -un muñeco odioso, blandito,
vestido con pijama azul- apuñalado con una daga
plegadera de mi padre con la que, hábilmente, habíamos
logrado hacernos antes del encierro.
No pude menos que recordar aquello hace unos
días, escuchando a una periodista
radiofónica, tan ingenua y parvulita como mi señora
madre, asegurar, con todo el candor de su inocencia
políticamente correcta, que a los niños varones no
debemos darles juguetes que inciten a la violencia, y
que es bueno hacerlos entretenerse también con muñecas y
cacharritos de cocina; porque de ese modo, aseguraba la
pava sin citar fuente, tendrán mejores y más pacíficos
sentimientos, serán mejores padres, y tal vez cocineros
de éxito como Arzak o Ferran Adrià, el día de mañana. Y
los tertulianos que acompañaban a la locutriz, en vez de
partirse la caja de risa y preguntarle si tenía hijos en
edad de merecer, que probara con ellos, se mostraban,
como es usual en estos casos, calurosamente de acuerdo.
Ahí le has dado, decían más o menos. Como si estuviesen
oyendo el Evangelio. Y nadie tuvo agallas para decirle
allí, a la prójima: prueba con un enanito cabrón tuyo,
de sexo masculino, si lo tienes. Ponle a mano una
pistola de plástico y una olla exprés de Famóbil, o como
se llame el que fabrica la olla. A ver qué elige, el
hijoputa. O más visual, si cabe: ponle cerca una muñeca,
un biberón y un martillo. Luego quédate mirando lo que
coge y para qué lo usa. Y me lo cuentas.
Y ahora, háganme un favor. Plis.
Después de calzarse esta página, si lo hacen, ahórrenme
las cartas contándome que a su Manolito le encantan las
muñecas de sus hermanas y juega a cocinarse unas fabadas
que saben a gloria. No digo yo que no haya Manolitos. Ni
que no deba haberlos. Del mismo modo que me fascinan
-aún más que las otras- las Susanitas que no limitan su
gusto y horizontes a acunar muñecas, y son capaces de
ponerte el filo de una daga en la yugular mientras
susurran «Si paras ahora, te mato». O lo que sea. Por mi
parte, me limito a hablar de lo que hay. De la natural
querencia del becerro y de lo absurdo, incluso
peligroso, de olvidar de la noche a la mañana, con más
buena voluntad que inteligencia práctica, con más
clichés idiotas que mecanismos de educación eficaces,
millones de años de caza y guerra. Dándose, por ejemplo,
la grotesca paradoja a la que asistí el otro día. A unos
niños de cinco y seis años, que tienen en casa
videoconsolas con zombis y masacres sangrientas -y si no
las tienen, las tendrán- les organizaron en su colegio
de Madrid una fiesta cowboy donde los tiñalpillas debían
ir disfrazados de vaqueros, pero prohibiéndoles llevar
revólver. «Se puede ir al Oeste sin ser violento»,
apuntaría, sin duda, algún padre de los que aplaudieron
la idea, o simularon aplaudirla. «Tengamos buen rollito
con los cuatreros y los indios», añadiría otro. Lo
mismo, supongo, que dijo el general Custer.
La virtud del cerdo ibérico
No
me gustan los entusiasmos advenedizos.
Desconfío del converso que se cree en la obligación de
comunicar al mundo el descubrimiento recién digerido -o
todavía sin digerir-, que acaba de tumbarlo del caballo
en el camino de Damasco. Menos todavía me gustan
quienes, suponiendo en el prójimo su propia y fresca
ignorancia, dan por supuesto que, sin ellos, la
Humanidad desconocería determinadas maravillas o
prodigios; sin considerar que tal vez el resto de la
peña, o parte notoria de ésta, puede tener desde hace
tiempo una extrema familiaridad con esos asuntos. Dicho
en simple, es como si un turista recién llegado diera la
brasa pregonando, a quienes pasaron la vida en la barra
de una buena tasca extremeña, las virtudes del cerdo
ibérico.
Esto, que ocurre en todos los órdenes de la
vida, se da mucho en el mundo que -disculpen
la gilipollez- llamamos intelectual. De pronto, el bobo
de guardia sube al púlpito y ordena, entusiasmado, leer
a tal autor, escuchar a determinado músico o visitar la
exposición de aquel pintor -a quienes no había
mencionado antes en su zorra vida-, con una falta de
prudencia y una pedantería tales que resulta evidente
que acaba de toparse con ellos y no está dispuesto a
admitirlo. De esos pavos tenemos en España, como en
todas partes, copiosa tropa: tertulianos, críticos
literarios o cinematográficos, escritores y demás.
Catetos deslumbrados, impúdicos en su repentino y
sospechoso entusiasmo, empeñados en convencer de lo
buena que es La regenta o lo bella que es La batalla de
San Romano a quienes tal vez conocieron a Ana Ozores con
quince años o llevan cuatro décadas pateando Florencia.
No hace falta que cite nombres, pues por ahí andan ellos
y ellas, ilustrándonos. Incluido un casposo cagatintas
que hasta hace poco salía fotografiado en el suplemento
cultural de ABC en actitud pensativa, de cuerpo entero,
con zapatos sin calcetines y tocándose los pies.
Pensé en todo eso hace unos días,
cuando uno de tales tontos solemnes recomendó, con el
tono superior de quien desvela un secreto sólo por él
conocido, leer a Manuel Chaves Nogales. «Tienes que
leerlo», sentenció imperioso. Y me hizo gracia porque
era el quinto o sexto presunto intelectual del momento
al que, tras una larga vida de silencio al respecto, oía
mencionar a Chaves Nogales en las últimas semanas. La
razón era obvia: la publicación de una espléndida
biografía escrita por María Isabel Cintas -Chaves
Nogales, el oficio de contar-, que, junto a la reciente
y loable recuperación sistemática de la obra de uno de
los más importantes y atractivos periodistas y
narradores españoles de la primera mitad del siglo XX,
emprendida por la editorial Libros del Asteroide, ha
puesto los principales textos del magnífico escritor
sevillano a disposición de unos lectores que antes
debían rastrearlos como podían. Un personaje
extraordinario, Chaves Nogales, al que muy pocos, entre
ellos Pío Baroja en su momento, y mucho después el
escritor Andrés Trapiello, valoraron públicamente hasta
hace cuatro días. Está de moda, por tanto, el autor de
El maestro Juan Martínez que estaba allí, con su obra
felizmente disponible, al fin, para todo lector de buena
casta. Por eso, y hasta el próximo nombre que toque -a
ver cuándo Sender, o Luys Santa Marina- pocos Petronios
de la cultura nacional confesarán no haberlo leído hasta
hace poco. O nunca. De manera que, al modo habitual, los
conspicuos profesionales del camelo se apresuran a tapar
el agujero mencionando en sus columnas y comentarios al
autor de A sangre y fuego como si toda la vida se
hubieran tuteado con ese fascinante observador de la
vida y la Historia de su tiempo, muerto en el exilio de
forma tristemente temprana: burgués inteligente y culto,
escritor de una modernidad asombrosa, lúcido republicano
liberal que de haberse quedado en la infame España
habría sido fusilado, con certeza, lo mismo por un bando
que por otro. En todo caso, bien está. Si de pregonar la
obra de Chaves Nogales se trata, benditos sean incluso
los oportunistas y los pedantes que ahora, de pronto, lo
descubren y elogian. Todo camino es bueno si contribuye
a hacer justicia.
En lo que al arriba firmante se refiere,
permítanme añadir una pequeña nota personal. Porque éste
es lugar y momento adecuados para agradecer a mi amigo
Pepe Arenzana, viejo pirata sevillano, haberme regalado
hace veinte años la primera y azul edición de Juan
Belmonte, matador de toros, de un autor que hasta ese
día me era por completo desconocido. A él se lo debo, y
así lo escribo, firmo y rubrico. Para que conste.
Niños,
boxeadores y tableros
Ambiente ajedrecístico
espléndido en la Alhóndiga de
Bilbao, donde disfruto como un
gorrino suelto en campo de mazorcas.
Nivel intenso y emoción asegurada.
Se juega la Final de Maestros -la
primera parte fue en Sao Paulo- en
una ciudad que en los últimos años
se ha vuelto en extremo acogedora,
cuidada y serena. Llevo aquí tres
días como espectador privilegiado
del juego de los más grandes: Anand,
Carlsen, Aronian, Nakamura, Vallejo
y mi querido Ivanchuk -el que jugaba
contra un huevo pasado por agua-, se
baten silenciosamente tras el
cristal de una vitrina insonorizada;
pecera en torno a la que se agolpa
el público, que de ese modo puede
presenciar, como si estuviese en pie
junto a la mesa de los jugadores, el
desarrollo de las partidas. Y algo
más allá, en largas filas de
tableros, aficionados adultos y
niños juegan las suyas, dando entre
unos y otros a la antigua lonja de
grano bilbaína un fascinante aspecto
de templo del ajedrez; de ese noble
y viejo arte menospreciado por
gobiernos y ministros de presunta
Educación y de presunta Cultura, que
incluso gente bien dispuesta,
limitando mucho el ámbito del
asunto, considera sólo un deporte, o
un juego.
Observar en la Alhóndiga
al público y a los jugadores
aficionados es tan interesante como
seguir los movimientos de los
grandes maestros. Los
niños, en especial, atraen la
atención por la seriedad con que
enfrentan al adversario, el aflorar
de emociones ante la situación
comprometida, la jugada brillante o
equivocada, la victoria o la
derrota. Los hay, sobre todo algunos
de los más pequeños, que no pueden
contener las lágrimas al verse
víctimas de un jaque mortal o
advertir que acaban de cometer un
error que les costará la partida.
También sigo atento el juego de
algunas niñas que actúan con letal
eficacia; como una de doce años,
cinta en el pelo y uniforme escolar,
que cada vez que mueve una pieza
mira penetrante a los ojos de su
adversario -un muchachito regordete
de expresión concentrada e
inteligente- como intentando
comprobar en ellos el efecto de la
jugada, y que acaba venciendo tras
sacrificar dos peones con mucha
intrepidez.
Estoy apoyado en una de
las columnas, mirando la
sala mientras pienso en mis cosas
-parte de la novela que ahora
escribo transcurre en el marco de un
torneo internacional de ajedrez-,
cuando uno de los niños cuyas
partidas presencié se me acerca. Es
rubio y flaco, de ojos azules, tan
fríos que parecen peligrosos. Tendrá
unos diez u once años. Su monitor ha
debido de contarle a qué me dedico,
porque se apoya en la columna a mi
lado, y muy serio y decidido dice:
«No escribas nada sobre mí, porque
acabo de perder dos partidas».
Intento consolarlo indicándole la
gran urna de cristal donde juegan
los mejores del mundo. «Lo
importante es luchar bien hasta el
final -comento-. También ellos,
antes de ser campeones, perdieron
muchas veces». Durante cinco
segundos silenciosos, los ojos
azules siguen la dirección de mi
mirada. Después el niño se encoge de
hombros, despectivo, y dice: «Ellos
no perdieron, como yo, dos partidas
contra Íñigo Biurrun», y se marcha,
cabizbajo, tras mirarme como si yo
fuera gilipollas.
Y es que el ajedrez
también es eso. Al menos
para un jugador mediocre como el
arriba firmante, cuya limitada
eficacia en el tablero queda
compensada por el placer de observar
y gozar cuanto ocurre en torno a él.
Lo que hay entre partida y partida,
o detrás de cada una de ellas: los
grandes maestros, los jugadores y
sus mundos particulares, el público
-muchas mujeres aficionadas veo en
Bilbao- con sus personajes
pintorescos y sus frikis. Porque
tengo esta certeza: si hay un
territorio fronterizo con
Frikilandia, donde a veces coinciden
de forma asombrosa la inteligencia
extrema y el pintoresquismo más
singular, ése es el mundo
ajedrecista. Un ejemplo es el
individuo que toma el relevo del
niño que acaba de dejarme solo -sigo
recostado en la columna, mirando a
los jugadores-: fulano flaco,
treintañero, que se apoya en una
muleta. «¿Conoce el
chess
boxing?», me pregunta a
bocajarro. Respondo que no tengo el
gusto, de momento. Entonces sonríe
con media boca, donde tiene una
cicatriz, y me ilustra. Lo inventó
un alemán, cuenta. Uno muy
aficionado tanto al boxeo como al
ajedrez. Y consiste en eso mismo:
asaltos alternativos de boxeo y
ajedrez, uno en un ring con guantes
y otro ante un tablero. Y puede
ganarse por jaque mate, por puntos o
por K.O. Lo escucho con el natural
interés, y al acabar la exposición
pregunto cuántos jugadores de
chess
boxing hay en España. Entonces
tuerce la cicatriz de la boca, muy
serio, como si la respuesta fuera
obvia: «Otro y yo -dice-. O sea,
dos».
España discutida y discutible
Me llamó la atención el
otro día,
viendo un telediario, que en ningún momento de la
información referida a un partido internacional de
fútbol se mencionara la palabra
España. El reportaje
incluía una entradilla de la presentadora del
informativo y otra de un redactor de deportes. Sumaba el
asunto, entre pitos y flautas, unos tres minutos de
información. Y ni una sola vez, en todo ese tiempo,
pronunció nadie las palabras
selección nacional o
selección española.
Todo el tiempo se habló de
la Roja. Un nombre o
apodo afectuoso, éste, que por otra parte me parece
bien. Simpático, incluso. En principio. El problema es
que, en este país fértil en cantamañanas -como dijo
alguien, una ardilla podría recorrerlo saltando de tonto
en tonto-, hasta lo simpático somos capaces de
convertirlo en empachoso y desagradable, a causa de
nuestra singular capacidad para combinar gregarismo y
estupidez. Eso, naturalmente, en el mejor de los casos.
En el otro, que ya entra en el terreno de la intención
deliberada, estaría de por medio nuestra proverbial,
probada, histórica, esquinadísima mala fe. Lo cierto es
que sobre el uso y abuso de la expresión
la Roja no tengo
opinión formada. Ignoro si se trata de simple contagio
mediático -se pone de moda una idiotez y todos nos
abalanzamos entusiasmados sobre ella, olvidando
cualquier alternativa-, o de instrucciones recibidas por
los asalariados correspondientes -en su momento lo fui,
y sé lo que digo- para que, en materia de fútbol, las
palabras nacional y
España, tan
equívocas y molestas, se utilicen lo menos posible. No
vayamos a irritar a alguien, por Dios. No contaminemos
el sano deporte con conceptos discutidos y discutibles.
Pensaba en eso también, en conceptos
discutidos y discutibles, hace unas semanas,
cuando el rescate por tropas especiales españolas de una
rehén francesa en poder de piratas somalíes. Quizá ésta
sea la primera noticia que tienen algunos de ustedes del
asunto; y no me extrañaría, porque en su momento el
acomplejado ministerio de Defensa español hizo cuanto
pudo por ponerle sordina. No por natural modestia
castrense -la operación fue profesional e impecable-
sino porque hubo una peligrosa situación de combate en
la que varios somalíes resultaron heridos. Cosa, por
otra parte, lógica cuando hay tiros. Pero claro. Según
la doctrina oficial española, disparar contra africanos
subsaharianos de color oscuro, o como carajo se diga,
por muy piratas armados que sean, en lugar de afearles
su conducta y apelar a sus nobles sentimientos
humanitarios, es un acto reprobable de fuerza bruta,
propio del más repugnante militarismo. Así que la
instrucción para tratar el incidente con la prensa fue
perfil bajo, información mínima y cuanto menos se sepa,
mejor. No vayamos a liarla. Y de esa forma, una acción
que de haber sido realizada por los gringos o los
franceses habría abierto telediarios, aquí pasó casi
inadvertida. O sin casi. No fueran a llamarnos
fascistas.
Calculen ustedes mismos: océano
Índico, anocheciendo, mala mar, esquife con piratas,
mujer cuyo marido acaba de ser asesinado, y a la que
llevan a tierra para cantarle bonitas coplas africanas
típicas de allí. Y en eso, lancha neumática que llega
con fuerzas especiales españolas. Tatatachán. Los malos
se lían a tiros. Bang, bang, bang. Por parte de los
buenos, tiroteo de precisión, impecable. Más bang.
Vuelca el esquife, rehén cae al agua. Chof. Dos piratas
con Kalashnikovs apuntándole a la pobre señora. Fuego de
los buenos que neutraliza a los malos. Señora que se
hunde en el mar. Capitán de fuerzas especiales que se
tira al agua con veinte kilos de equipo de combate
encima, casco, pistola, radio y dos cojones, y salva a
la prójima. Éxito absoluto, beso de la rehén al capitán,
final de película. Y entonces, en vez de difundir el
episodio, enorgulleciéndose de que en 45 segundos un
grupo de infantes de marina españoles haya resuelto tan
difícil situación, con algún pirata herido pero sin dar
matarile a nadie, la ministra de Defensa y quienes le
llevan el botijo deciden perfil bajo y poco ruido. No
vayan a criticarnos, dicen, que les disparemos a negros
famélicos y tal. Nosotros que los queremos tanto. Y una
vez más, como de costumbre, se nos llena de cagadas de
rata el arroz de la paella.
Ahora imaginen ustedes, en el
telediario y los periódicos que recogieron la noticia
del incidente camuflada entre otras, de pasada y por
encima, cuáles habrían sido los titulares si ese día
hubiera ganado la Roja
un partido de fútbol. El delirio, las banderas, los
canutazos alcachofa en mano, la sonrisa feliz de los
presentadores. Los rostros sudorosos y triunfales, en
primer plano, de los héroes de la jornada.
Okupando a Góngora
Varias veces les he hablado en esta página del barrio de
las letras de Madrid, donde hace tres siglos
se cruzaban cada mañana, camino de comprar el pan, los
periódicos o lo que se comprase entonces, Quevedo, Lope
de Vega, Calderón de la Barca, Góngora y el buen don
Miguel de Cervantes, entre otros. Cada cual, como
españoles de fina casta que eran, con sus fobias,
envidias, desprecios y descalificaciones mutuas a punto
de nieve. También comenté en alguna ocasión que si un
barrio con semejante pedigrí hubiera estado en Londres o
París, todo el lugar sería hoy un inmenso museo al aire
libre cuajado de bibliotecas, placas conmemorativas,
monumentos y autobuses con turistas. Pero donde está es
en Madrid, a ver si me entienden. Capital de España, o
de lo que sea este puticlub de carretera. Así que pueden
imaginar la diferencia.
Una de esas diferencias ocurrió hace unos
días. Y lo más simpático no es la anécdota,
sino su desarrollo y posterior tratamiento mediático. Un
grupo de okupas se había instalado, mediante el
procedimiento tradicional de patada a la puerta y de
aquí no me saca ni Kristo bendito, en una casa de la
calle Huertas en la que vivió Góngora después de que su
enemigo mortal Francisco de Quevedo comprase su anterior
vivienda, a fin de darse el gustazo de echarlo a la
calle. La casa -ya hemos precisado que hablamos de
Madrid- estaba hecha una piltrafa, decrépita y llena de
escombros. Así que los okupas se instalaron tan
ricamente con su parafernalia habitual, también llamada
ajuar perroflauta de toda la vida. Con la seguridad, por
otra parte, que a cualquier okupa bien informado le da
saber con certeza absoluta que en España, líder mundial
en libertades y derechos del hombre y la mujer, si te
metes por el morro en una casa ajena, es seguro que
entre el hecho, la demanda del propietario, la decisión
judicial y la ejecución de la sentencia de desalojo, si
llega a producirse, y dependiendo de que el juez sea
compañero de carrera o colega de universidad del abogado
de una parte o de la otra, pueden transcurrir veinte
años. O más.
El caso es que esos inquilinos por la kara
estaban instalados en la antaño gongorina y ahora
ruinosa morada, gozando de pleno derecho las
innumerables facilidades que la Justicia española en
general y el Ayuntamiento de Madrid en particular
prestan a esta suerte de bonitas iniciativas populares.
Pero siempre hay un pelo en la sopa. En ésas, algún
propietario desesperado, impaciente, y si rascamos un
poco seguro que fascista, racista, machista, violento,
homófobo y misógino -etiquetas que en España suelen
atribuirse en bloque a cualquiera que no se baje los
calzones y ofrezca el ojete sin rechistar- debió decidir
que aquella situación la solucionaba él a título
personal, por el artículo catorce. Así que cuatro
individuos fornidos tiraron la puerta, cogieron a los
okupas en brazos y los sacaron a la calle. Acto
reprobable, éste, que acogiéndome a la retórica al uso
me apresuro a calificar -conste en acta para que no haya
dudas sobre mi punto de vista ético- de terrorismo
urbano. Incluso de genocidio perroflauta. De mi opinión
debieron ser también los desalojados; pues en seguida
pidieron apoyo a través de las redes sociales, y al poco
se congregaron tres docenas de presuntos representantes
del 15-M exigiendo reparación aún más indignados si
cabe; pues la policía, que acabó presentándose, no actuó
contra los malvados desalojadores ni devolvió las cosas
al statu quo ante. Como si no estuviera clarísimo y
consagrado por el uso hispano que, entre patada a la
puerta de un okupa y patada a la puerta de un
propietario, el segundo es quien actúa al margen de la
ley, y el primero es la verdadera víctima del asunto.
Por favor. A estas alturas.
Por cierto: escalofriante testimonio sobre
la demencial pesadilla sufrida por los desalojados
-algunos periodistas parecían compartir su asombro y
justa indignación- fue el de una joven que afirmó, aún
nerviosa del soponcio, que lo había pasado muy mal al
verse sacada así a la calle, de sopetón, y que lo que
había hecho el propietario de la casa era una infamia
social de las que no tenían nombre, ni apellidos. Tras
cuyo pertinente telediario, supongo, el Ayuntamiento y
la Comunidad de Madrid enviaron con suma urgencia un
equipo de psicólogos y psicólogas para aliviarle el
trauma. Eso me lleva a sugerir sin reservas que en las
próximas okupaciones, tanto si son en las casas ruinosas
de Góngora, Quevedo o Cervantes como en la del Payaso
Fofó -que también tiene calles en España, y posiblemente
en mayor número y con la placa más grande-, la policía
abandone esa vergonzosa pasividad que me atrevo a
calificar de filonazi y proteja de propietarios y otros
energúmenos a quienes debe proteger. Que para eso cobra,
la muy perra.
No soy
mal hablado. Al contrario. Como mi viejo amigo el maestro de esgrima
Jaime Astarloa, me precio de no haber sido grosero nunca, incluso ante casos de
impertinencia pertinaz. Rara vez se me escapa una palabra gruesa en el
transcurso de una conversación civilizada, y lo mismo puedo decir de mis
novelas. Otra cosa es esta página pecadora y semanal, donde quien se expresa no
es el arriba firmante, sino un personaje literario, o algo por el estilo,
situado a medias entre el novelista que soy, el reportero que fui y el ciudadano
de barra de bar inclinado a ajustar cuentas con métodos y expresiones que buscan
la eficacia; sobre todo considerando que estos artículos se publican en un país
de autistas voluntarios, donde nadie se da por aludido a menos que `permítanme
esta contradicción perifrástica que refuerza lo que pretendo decir´ le pateen
directamente los huevos.
Veinte años de teclear aquí con cierta desvergüenza han producido un
efecto curioso. De vez en cuando me aborda gente convencida de que,
para que un comentario parezca realmente mío, debe ir adobado con algún taco
sonoro o concepto agresivo. Y parecen decepcionados cuando comprueban que no;
que el arriba firmante puede mantener largas conversaciones sin mentar a nadie
los muertos. Con amabilidad, incluso. Sin gruñir, insultar ni escupir al otro en
un ojo. Me ocurre con frecuencia, sobre todo con señoras de cierta edad y
educación razonable, o con periodistas: las primeras se acercan con cierto morbo
expectante, casi esperando con anticipado deleite que las mandes a hacer
puñetas, les digas zorra o algo así. Relamiéndose con un posible maltrato verbal
cuya perspectiva las hiciera, clup, clup, clup, gotear limonada. Estilo señora
finolis que acudiese por morbo a un puticlub infame, a mirar escandalizada, y la
decepcionara que nadie intente robarle las joyas, o violarla.
En cuanto a ciertos periodistas, a alguno se le nota mucho que acude
a entrevistarte imaginando sabrosos titulares del tipo `Me cisco en
la madre que te parió´; y se queda medio cortado cuando comprueba que no. Que no
me cisco. Y ahí surge el problema. En tales casos, a veces cae el interrogador,
incluso de buena fe, en la tentación de adornar un poco la cosa, poniendo algo
de su parte. Ayudando a tu personaje a ser lo que él supone que debería ser.
Sacando frases de contexto y hasta poniendo en tu boca lo que no has dicho.
Completando él la cosa con el toque artístico final. Con la guinda del pastel.
Algo así como si concluyera: `A mí no va a engañarme con disimulos este cabrón´.
Es como lo de las fotos. Cualquiera -político, deportista, escritor-
que comparezca en público ante fotógrafos sabe que nada importa que haya
mantenido una compostura impecable durante la hora larga que pueda durar el
asunto. Bastará que por un breve instante el individuo sienta un
picor irresistible en la nariz, y se roce la punta con un dedo durante el breve
espacio de dos segundos, para que relampagueen docenas de flashes, y la foto que
al día siguiente publiquen los periódicos sea la del fulano tocándose la nariz;
preferentemente aquéllas en las que, debido al ángulo de cámara, parezca que
tiene el dedo metido dentro.
Eso mismo -no lo del dedo, sino lo anterior- me ocurrió por
quincuagésima vez hace unas semanas. Me hacían una entrevista, y en
el curso de ésta el periodista preguntó por `los hijos de puta´, creyendo,
imagino, establecer cierta complicidad semántica con el entrevistado. Como dije,
rara vez utilizo expresiones malsonantes en conversaciones o entrevistas; así
que todo el tiempo -conozco el paño y puse mucha atención en ello- me referí al
inconcreto personal por el que se interesaba mi interrogador como `los malos y,
con más frecuencia, `los canallas. Precaución táctica, ésta, que resultó inútil:
al día siguiente, en la transcripción de la entrevista, aparte resúmenes
discutibles de conceptos más o menos complejos -hacerte hablar no como tú hablas
sino como habla el redactor es frecuente en tales casos-, el autor de la
información puso cuatro veces en mi boca la expresión `hijos de puta´, que con
tanta precaución, la de quien en materia de periodismo fue furcia antes de ser
monja, me había esforzado en evitar.
Así que háganme un favor. Cuando a través de teclas
ajenas me lean echando espumarajos por la boca, apliquen con cautela el
beneficio de la duda sobre qué parte es genuinamente mía, y cuál corresponderá
al entrevistador de turno. Porque ya les digo. En materia de hijos de puta, ni
son todos los que están, ni están todos los que son.
En
1991, mientras esperaba en Dahrán la ofensiva
norteamericana para liberar Kuwait, presencié un suceso
curioso. Frente al mercado Al Shula había un
vehículo militar con una soldado norteamericana al
volante. En Arabia Saudí está prohibido que las mujeres
conduzcan automóviles; así que una pareja de mutawas
-especie de policía religiosa local- se detuvo a
increpar a la conductora. Incluso uno de ellos le golpeó
con una vara el brazo que, con la manga de camuflaje
remangada, apoyaba en la ventanilla. Tras lo cual, la
conductora -una sargento de marines de aspecto nórdico-
bajó con mucha calma del coche y le rompió dos costillas
al de la vara. Ésa fue la causa de que durante el resto
de la guerra, a fin de evitar esa clase de incidentes,
la Mutawa fuese retirada de las calles de Dahrán. Pensé
en eso el otro día, al enterarme de un nuevo asunto de
chica con problemas por negarse a ir a clase sin el
pañuelo islámico llamado hiyab. Y recuerdo la irritación
inicial, instintiva, que sentí hacia ella. Mi íntimo
malhumor cuando me cruzo en la calle con una mujer
cubierta con velo, o cuando oigo a una joven musulmana
afirmar que se cubre la cabeza en ejercicio de su
libertad personal. Cómo no se dan cuenta, me digo.
Cómo no les escuece igual que ácido en la
cara la sumisión, tan simbólica como real, a que se
someten. Recuerdo, por ejemplo, que hace
cuarenta años mi madre aún necesitaba la firma de su
marido para sacar dinero del banco. Y me llevan los
diablos. Tanto camino, me digo. Tanta lucha y esfuerzo
de las mujeres para conseguir dignidad, y ahora una
niñata y cuatro fátimas de baratillo -como las llamaría
el capitán Haddock- pretenden hacernos volver atrás,
imponiendo de nuevo, en la Europa del siglo XXI, la
sumisión irracional al hombre y a las reglas hechas por
el hombre.
Reclamando tolerancia o respeto para esa
infamia. Pero no es tan simple, concluyo
cuando me sereno. Incluso aunque digan actuar con
libertad, esas mujeres siguen siendo víctimas de un
mundo cuyas reglas fueron impuestas por los hombres para
garantizarse el control de su virginidad, su fertilidad
y su fidelidad. Después de escucharnos decir lo libres
de conducta que pueden y deben ser, esa muchacha o la
señora del velo van a casa y se cruzan en la escalera
con el imán de su mezquita, que vive en el quinto piso,
o con el chivato hipócrita que a veces incluso luce una
pasa en la frente -ese moratón de pegar cabezazos en el
suelo al rezar, para que todos sepan lo buen musulmán
que es uno-, que vive en el segundo. Y con ellos, y con
el padre, el marido o el abuelo que están en casa, esas
mujeres tienen que convivir cada día, y casarse, y criar
familia, y ser respetadas por una comunidad donde la
religión suele estar por encima de las leyes civiles, o
las inspira.
Una sociedad endogámica, especializada en
marcar y marginar -cuando no encarcelar o ejecutar- a
quienes discrepan o se rebelan; y cuyos más
radicales clérigos, esos imanes fanáticos que
recomiendan a sus fieles machacar a las mujeres para que
no se desmanden, son tolerados y hasta amparados, de
manera suicida, por una sociedad occidental demagoga,
estúpida, desorientada, con el pretexto de unos derechos
y libertades que ellos mismos niegan a sus feligreses.
Todo eso, en vez de ponerlos en la frontera en el acto,
si son extranjeros, o meterlos en la cárcel, si son de
aquí, cada vez que humillan o amenazan a la mujer en una
prédica.
Una sociedad, la nuestra, incapaz de
plantearse el verdadero nudo del problema: si una niña
que durante catorce años fue a un colegio normal, entre
chicos y chicas, resuelve de pronto ponerse un pañuelo
en la cabeza, es que algo con ella estuvo mal hecho.
Que alguna cosa no funciona en el método; falto de una
firmeza, una claridad de ideas y una persuasión que no
tenemos. En todo caso, si a menudo es la mujer la que
elige ser hembra sumisa en vez de sargento de marines, y
con su pasividad o complicidad educa a los hijos en
esclavitudes idénticas a las que ella sufrió, tampoco es
justo que el Islam se lleve todas las bofetadas. En
materia de esclavitudes, sumisión y transmisión de
costumbres a hijas y nietas, igual de infame es el
espectáculo de esas españolísimas marujas presuntamente
modernas, libres y respetables, que babean en programas
de televisión aplaudiendo y diciendo te queremos y
envidiamos, guapa, bonita, a fulanas que encarnan lo
que, en el fondo y a menudo en la forma, a ellas les
habría gustado ser, y desean para sus propias hijas:
analfabetas sin otra aspiración en la vida que
convertirse en putizorra de plató televisivo. Y esos
aplausos y admiración -hasta autógrafos les piden, las
tontas de la pepitilla- me parecen tan indignos y
envilecedores para las mujeres, tan turbios y
reaccionarios, como un burka que las cubra de la cabeza
a los pies.
El perro de
Rocroi
La vida
concede ciertos privilegios, y tener algunos amigos leales, sólidos como rocas,
es uno de los míos. Entre ellos se cuenta el mejor de los pintores
de batallas españoles vivos: se llama Augusto Ferrer-Dalmau, y llegué a su
amistad por el camino más corto: la admiración que siento por su obra. Un día
fui a una exposición suya y se lo dije. Le hablé de cómo, en mi opinión, su
pintura continúa y renueva una tradición clásica que en España, con breves
excepciones, tuvo escasa fortuna. Pocos de nuestros pintores se ocuparon de un
género que en Francia tuvo a Meissonier y a Detaille, y en Inglaterra a Caton
Woodville. Por ejemplo.
Ahora Ferrer-Dalmau ha terminado un cuadro espléndido,
que estos días puede admirarse en una exposición que sobre su obra y la de su
paisano Cusachs se celebra en el venerable edificio de Capitanía de Madrid,
esquina de Mayor con Bailén. Se llama `Rocroi. El último tercio´, y narra
-pintar con talento es una forma de narrar tan eficaz como otra cualquiera- la
situación en el campo de batalla de Rocroi hacia las diez de la mañana del 19 de
mayo de 1643, cuando los veteranos de la destrozada infantería española,
formando el último cuadro, esperaban impasibles el ataque final de la artillería
y la caballería francesas. Último ataque, éste, que no llegó a producirse.
Admirado el duque de Enghien por la resistencia de los españoles -murallas
humanas, los llamaría Bossuet- permitió a los supervivientes capitular con todos
los honores, en los términos que se concedían a las guarniciones de plazas
fuertes.
El cuadro de Rocroi tiene para mí un sentido especial, pues nació de
una conversación con el pintor mientras despachábamos un cordero con cuscús en
un restaurante de Madrid. Un lienzo crepuscular, fue la idea, que
reflejase la soledad y el ocaso, la derrota orgullosa, el impávido final
simbólico de la fiel infantería que durante dos siglos, desde los Reyes
Católicos a Felipe IV, hizo temblar a Europa. El retrato riguroso de aquellos
soldados empujados por el hambre, la ambición o la aventura, que acuchillaron el
mundo caminando tras las viejas banderas, desde las junglas americanas a las
orillas lejanas del Mediterráneo, de las costas de Irlanda e Inglaterra a los
diques de Flandes y las llanuras de Europa central: hombres brutales, crueles,
arrogantes, amotinadizos y broncos, sólo disciplinados bajo el fuego, que todo
lo soportaban en cualquier degüello o asedio, pero que a nadie -ni siquiera a su
rey- toleraban que les alzase la voz.
Mete un perro en el cuadro, sugerí más tarde, cuando el artista me
mostró los primeros bocetos: uno que, como sus amos, se mantenga
erguido esperando el final. Un chucho español flaco, pulgoso, bastardo, que
siguió a los soldados por los campos de batalla y que ahora, acogido también al
último cuadro, abandonado por su patria y sin otro amparo que sus colmillos, sus
redaños y los viejos camaradas, espera resignado el final. Y píntalo tan
desafiante y cansado como ellos.
A Ferrer-Dalmau le gustó la idea. Y ahora he visto el
cuadro acabado, y el perro está ahí, en el centro, entre un veterano de barba
gris y un joven tambor de trece o catorce años que el artista ha pintado rubio
porque, naturalmente, es hijo de madre holandesa y de medio tercio. En el lienzo
no figura el nombre del perro; pero Ferrer-Dalmau y yo sabemos que se llama
Canelo y es un cruce de podenco y galgo español de hocico largo y melancólico,
firme sobre sus cuatro patas, arrimado a sus amos mientras mira las formaciones
enemigas que se acercan entre el humo de la pólvora, dispuestas al ataque final.
Vuelto a los franceses como diciéndose a sí mismo: hasta aquí hemos llegado,
colega. Es hora de vender caro, a ladridos y dentelladas, el zurcido pellejo. El
cuadro es soberbio, como digo. O me lo parece.
Retrata a la pobre y dura España de toda la vida: el
soldado ciego con una espada en la mano, al que un compañero mantiene de pie y
vuelto hacia el enemigo; los que rematan sañudos a los franceses moribundos; el
tranquilo arcabucero que sopla la mecha para el último disparo; el desordenado
palilleo de picas que eriza la formación, tan diferente a las victoriosas lanzas
que pintó Velázquez. Y sobre todo, la expresión de los soldados que miran al
enemigo-espectador con rencor asesino. Acércate, parecen decir. Si tienes
huevos. Ven a que te raje, cabrón, mientras nos vamos juntos al infierno.
Realmente da miedo acercarse a esos hombres; y uno entiende que les ofrecieran
rendirse con honor antes que pagar el precio por exterminarlos uno a uno. Son
tan auténticos como el buen Canelo: españoles desesperados, tirados como perros,
olvidados de Dios y de su rey. Y pese a todo, arrogantes hasta el final, fieles
a su reputación, temibles hasta en la derrota. Peligrosos y homicidas como la
madre que nos parió.
Ni flores,
colega
Tengo una urgencia floral. Necesito enviar un ramo de flores
vía Interfloripondio, o Florexprés, o como se llame ese útil invento con el que
eliges ramo, le pagas a la florista de tu barrio, y las flores las entregan
desde una sucursal local en donde haga falta. Me corre prisa, así que trinco el
coche y voy al pueblo más cercano, inquieto porque suele estar de tráfico hasta
arriba. La suerte me guiña un ojo y encuentro espacio libre delante de la
floristería. Sólo está permitido estacionarse para carga y descarga; pero como
español de toda la vida, hecho a los usos y costumbres de mi patria, decido que
en realidad voy a descargarme y cargarme yo mismo. También considero que estaré
el tiempo preciso para elegir flores, dar la dirección de entrega, arriar la
tela y largarme.
Lo hice otras veces, y son tres minutos justos. Además,
compruebo por el retrovisor que hay detrás un automóvil cuyo conductor intenta
meterse en el mismo sitio, y da muestras de impaciencia con un destello de faros
y un toquecito de claxon. Eso me decide, naturalmente. Aparco. Entro. Buenos
días, etcétera. La elección es rápida. Una maceta como aquélla. Con esto y lo
otro. Echo mano a la cartera mientras espero que la dependienta levante el
teléfono, como de costumbre, y llame a la ciudad de destino, que es Sevilla,
para averiguar si tienen allí las macetas con plantas y flores que he elegido.
Para mi sorpresa, lo que hace es teclear en el ordenata de a bordo. Pregunto qué
pasa, y me dice que han modernizado el sistema. Que ahora todo se hace
informatizado, vía internet. Temiéndome lo peor, miro hacia la puerta, donde
sigue mi coche sin que por ahora ronde ningún policía municipal. Y trago saliva.
Que sea lo que Dios quiera.
La dependienta teclea con denuedo. Tacatacatac. Es joven
y masca chicle. Nunca la había visto antes, aunque hace veinte años que compro
flores en la misma tienda. Hace preguntas insólitas: domicilio, teléfono, Deneí,
número de Nif. Cosas así. Respondo con paciencia franciscana, volviéndome de vez
en cuando a echarle una mirada al coche, hasta que me pide también una dirección
de correo electrónico. Alto ahí, digo. Ya vale. He venido aquí a comprar una
maceta, no a darme de alta en Telefónica. Son las nuevas normas, responde la
dependienta.
Si no lleno todos los apartados de la plantilla no puede realizarse
la operación. Empiezan a flaquearme las piernas. «¿Operación?
-pregunto-. ¿Qué operación? Yo sólo quiero enviar una maceta a Sevilla. Hoy, a
ser posible». Entonces la dependienta me mira con lástima profesional,
calculando si merezco explicaciones. Parece concluir que no las merezco, pues
acto seguido le da a otra tecla y aparece en la pantalla del ordenador una
sucesión vertiginosa de ramos de flores y macetas. «¿Qué hace usted, criatura»,
pregunto, al filo del pánico. «Busco la referencia del modelo que nos solicita»,
responde seca. Le señalo el modelo con el dedo, porque está justo en el centro
del escaparate, pero ignora mi dedo y sigue buscando en la pantalla. Al fin
parece dar con ello, pues enarca una ceja, pulsa otra tecla y se queda mirando
el ordenata mientras yo miro de nuevo hacia el coche, con gotas gordas de sudor
corriéndome por el pescuezo. «AS3B2», dice al fin la pava, pensativa. «Agua»,
comento yo por hacerme el simpático, a ver si acelero la cosa. Pero sin éxito.
Lo más que obtengo son tres mascadas de chicle y una mirada glacial. Transcurre
un minuto de inactividad absoluta, esperando no sé exactamente qué. «Mientras no
se caiga el sistema», comenta la dependienta, para animarme. Ella tamborilea con
las uñas sobre la mesa y yo me como la de un pulgar; vuelto de vez en cuando
hacia la puerta, pues creo haber visto pasar un coche azul con pirulos de la
Policía Municipal.
Al fin, la dependienta mira la pantalla y enarca la otra ceja.
«No da la referencia», comenta, críptica. La miro aterrado, esperando
instrucciones como un marinero desvalido que mire al capitán en mitad del
temporal que los desarbola. «¿Y qué hacemos?», inquiero al borde de las
lágrimas. Entonces la dependienta hace -ultima ratio regum- lo que en ésta y en
otras tiendas se ha hecho toda la vida: descuelga el teléfono y marca el número
de Interfloripondio, o Florexprés, de Sevilla. «¿Tenéis macetas de tal y tal?»,
pregunta. A los treinta y cinco minutos de haber entrado en la tienda, y después
de pagar un ramo de rosas -en toda Sevilla no hay una puta maceta con referencia
AS3B2- salgo dándoles cabezazos a las paredes.
«Somos gilipollas», me digo una y otra vez, en voz alta.
«Somos gilipollas». El comentario hace levantar la cabeza al policía municipal
que, parado junto a mi coche, rellena su cuadernillo de multas. «Unos más que
otros, don Arturo», comenta con sonrisa guasona. Y me alarga el papelito.
El cretino de
la curva
Ayer por
la tarde estuviste a punto de matarme. Cabrón. Un descuido trágico
puede tenerlo cualquiera, por supuesto. Pero ése no fue tu caso. Tomaba
tranquilamente una curva cerca de mi casa, a poca distancia del puente de piedra
y el bar de Marcelino, y apareciste de frente con tu Seat Ibiza negro -creí ver
que estaba tuneado, pero no me dio tiempo a confirmarlo-, a más de cien
kilómetros por hora en un lugar señalizado para sesenta. Ignoro el motivo de que
pisaras la continua. Quizá la música que tal vez llevabas a toda pastilla te
ponía caliente, haciéndote perder el sentido de la realidad de las cosas.
Quizá atendías por el teléfono móvil una llamada de tu churri, o
estabas presionando el encendedor del coche para encender un pitillo.
Puede ser, también, que la velocidad excesiva te hiciera perder un instante el
control en la curva; aunque imagino que, tal como eres, esto último no lo
admitirías nunca. Igual que tus coleguis y todas tus perras castas, tonto de
mierda, te consideras un virtuoso del volante y rey indiscutible de esas
carreteras por las que siempre circulas por encima del límite, pegado al
guardabarros del coche inmediato y adelantando por la derecha.
El caso es que ayer por la tarde, figura del asfalto, pasaste más de
un metro la continua y me viniste encima por el morro. Te encontré
de pronto delante, tan cerca que tuve ocasión de ver tu careto: unos treinta
años, cara de cenutrio bajuno, pelo muy corto y flequillo engominado en forma de
cresta. Para resumir, uno de esos pavos que tecleas en Google las palabras
macarra, bajuno y poligonero, y salen tu foto de carnet y la de la madre que te
parió. Te asustaste, confiésalo, porque pegaste un volantazo mientras chirriaban
tus neumáticos; y entre eso y mi desesperada maniobra para eludirte hubo tiempo
de que volvieses a tu carril, pasando a dos metros de mi faro izquierdo.
Te fuiste de rositas, supongo que a la misma velocidad, en busca de
otro a quien endiñársela. Dejándome con una doble frustración, fruto
del primer impulso: no tener veinte años y la seguridad necesaria para dar la
vuelta al coche y perseguirte hasta la primera gasolinera, y no llevar en el
maletero una escopeta con plomos del doce. Ahora, en frío, me alegro de que no
se diera ninguna de esas circunstancias; pero el reconcome de la frustración
sigue dándome retortijones en la memoria. Por eso te dedico esta página.
A ver si te lo explico clarito, tonto del culo. Ya han
estado a pique de matarme antes, varias veces. Igual se te hace raro; pero
aparte el coche tuneado y la discoteca hay vidas que, si las administras y
tienes suerte, dan algo de sí. Antes de que nos cruzáramos ayer por la tarde,
asómbrate, me quisieron poner mirando a Triana con diversas herramientas y en
varios idiomas. Fulanos negros, blancos, amarillos, cobrizos, o mitad y mitad.
De todo, oyes. Te lo juro. Unos por casualidad y otros con ganas. Hasta en
cierta ocasión, de jovencito, un fulano como un orangután empezó a tirarme
navajazos en un puticlub de El Aaiún, y yo no tenía con qué; y si no llega a
intervenir mi amigo el teniente Albaladejo rompiéndole la cara, me quedo allí
listo de papeles.
Todavía trago saliva al acordarme. Pero no sólo
personas, ojo. Una vez, volando entre Larnaca y Beirut -que están un poco más
allá de Fuenlabrada-, pegó un rayo en el avión. No veas el acojone. Y hasta el
mar, que es muy borde cuando se cabrea, lo intenta alguna vez. Imagínate: yo
blasfemando, mojado hasta el ombligo y con las uñas sangrando, y él dale que te
pego, viento y olas que te rilas. Pero tengo suerte, tío. Y aquí me tienes.
Contándotelo.
Comprenderás, considerado eso, que habría tenido mucha guasa no
palmar en Sarajevo ni en el golfo de León, por ejemplo, para que tú
me dieras matarile en la curva del bar de Marcelino. Llevándome además, como
última imagen, no un paisaje bonito, un cuerpo de mujer o el rostro de amigos y
gente querida, sino tu estúpida cara de cretino con cresta engomada saltándose
la continua. Haber visto en dos absurdos segundos mi vida -o la de cualquier
ciudadano al que el azar hubiese puesto en mi lugar en ese momento-
interrumpida, rota, truncada, aniquilada por un cateto irresponsable que perdía
el control del volante porque iba con prisa por recoger a su Yenifer, pasado de
copas o de lo otro, se creía Fernando Alonso con un Ferrari, o conducía
distraído y rascándose los huevos. Así que, mira. Como soy un fulano más bien
correoso, poco inclinado a poner la otra mejilla y a la compasión hacia quien no
la merece, espero que no te tomes a mal, dadas las circunstancias, dos detalles
personales: que me cisque en tus muertos más frescos, y que desee con toda
sinceridad, ya que amas la emoción automovilística, que uno de estos días pongas
el coche a doscientos cuarenta, o lo que dé de sí, y te estampes contra una
pared. Chof. Tú solo, o sea. Sin implicar a nadie. Hijo de la gran puta.
Un muchacho
con un libro
Estoy sentado
donde suelo hacerlo cuando me encuentro en la plaza
Mayor de Madrid, que es la terraza del bar Andaluz. Me gusta
instalarme allí con un libro al sol de invierno o a la sombra del
verano; y de vez en cuando, levantando la mirada, ver pasar a la
gente o conversar con los camareros: dos viejos amigos que, desde su
privilegiado observatorio, toman el pulso diario a la condición
humana con singular sabiduría y precisión. Estoy allí, como digo,
observando a ratos a los habituales que se buscan la vida en la
plaza: el acordeonista virtuoso aunque no siempre oportuno, el que
hace pompas de jabón, el Spiderman barrigudo que se fotografía con
los paseantes. Y observo, una vez más, que la peña resulta
agarradísima a la hora de aforar una chapa. Igual dan guiris o de
aquí: ven a Bart Simpson en la plaza, se ponen al lado para hacerse
una foto, y luego se largan sin dar las gracias ni soltar, por
supuesto, una pequeña propina. Dando por sentado, los miserables,
que el fulano que pasa todo el día al sol con tres kilos de paño
encima está allí por simpatía y amor al arte, para que ellos se
hagan fotos sonriendo felices, por la cara.
En una mesa cercana hay un muchacho que lee
un libro. Tiene unos diecisiete o dieciocho años, está solo, y llama
la atención porque no es frecuente encontrar lectores en este
paraje. Está concentrado en las páginas, y de vez en cuando cierra
el libro y se queda mirando la plaza sin verla, con la expresión de
quien permanece ajeno a cuanto ocurre ante sus ojos. Con esa mirada
ausente que todo lector conoce como propia: la de quien se detiene
en el acto de leer pero no interrumpe la lectura, sino que sigue
inmerso en las imágenes o las ideas que el libro suscita. Uno de los
camareros pasa por mi lado y sonríe dirigiéndole una mirada de
simpatía al muchacho, como si dijera: ahí tiene usted a un potencial
cliente, o por lo menos a un colega devorador de letra impresa.
Me pregunto qué lee el muchacho. Por qué
mundos andará, merced al libro que tiene en las manos. Con la
curiosidad natural entre hermanos de la costa, hago esfuerzos por
ver la tapa del volumen, arriesgando descoyuntarme las cervicales.
Por el grosor y formato, parece una novela. No consigo ver el título
ni la portada. Lo que está claro es que al joven le interesa mucho
lo que lee, pues pasa las páginas con la decisión del lector seguro
de sí; y cuando levanta la vista sostiene el volumen con ese tacto
familiar, confianzudo, de quien siente con un libro en las manos el
mismo consuelo, o confianza, que un pistolero al sopesar un revólver
con seis balas en el tambor. Mucho se equivocan, pienso una vez más,
quienes afirman que una tableta electrónica borrará el libro de
papel de las necesidades humanas. Porque un libro no sirve sólo para
leer. Sirve también para que su peso tranquilice las manos lectoras,
para subrayar y ajar sus páginas con el uso, para regalar el
ejemplar leído a personas a las que quieres. Para ver amarillear sus
páginas con los años sobre los viejos subrayados que hiciste cuando
eras distinto a quien ahora eres. Para decorar -no hay cuadro ni
objeto comparable en belleza- una habitación o una casa. Para
amueblar una vida.
El muchacho ha cerrado el libro y me parece
advertir, aunque no distingo título ni autor, una ilustración en la
tapa que parece un velero antiguo. Quizá se trate de una novela
sobre el mar, concluyo. Tal vez en este momento el muchacho no está
aquí sino empeñado a cañonazos, corriendo un temporal con sólo la
gavia rizada del trinquete, apretando los dientes mientras empuña el
arpón. Quizá en este momento navegue hacia islas a las que nunca
llegan órdenes de captura, busque a los náufragos del Raquel,
recorra entre astillazos la cubierta de la Suprise, o ice la bandera
del corsario alemán Emdem para el último combate en las islas Cocos.
Quizá -o sin duda- ese joven lector ha descubierto ya que para
adueñarse cómodamente de ésos y otros mundos, para llenar la
existencia propia de experiencias ajenas y vivir mil vidas que de
otro modo serían imposibles, basta con abrir las tapas de un libro.
Al fin, el muchacho cierra su volumen, lo guarda en la mochila y se
marcha. Lo sigo con la vista, deseándole silenciosamente suerte en
zafarranchos, temporales y arribadas. Que tengas buen viento y buena
caza, chaval. Le deseo. Que la vida te depare valor en combates y
abordajes, dignidad en las derrotas, serenidad en los naufragios,
amigos leales y hermosas mujeres a bordo o esperándote en los
puertos. Y mientras se aleja me parece verlo caminar balanceándose
ligeramente, tranquilo, alerta, afirmando los pies con seguridad a
cada paso. Como si en ese momento cruzara su particular línea de
sombra pisando la cubierta inestable de un barco, y en el libro que
lleva en la mochila hubiese aprendido cómo hacerlo.
Una historia de violencia
Me dan la
bronca algunos lectores veteranos porque hace tiempo que no hablo de
esos personajes e historias del pasado que a veces, para bien o para mal, ayudan
a encajar el presente. Así que, para quienes echan de menos las historias del
abuelo Cebolleta, hoy tocamos esa tecla, recordando a uno de esos fulanos sobre
los que, de nacer en otro sitio, habría novelas, películas y series de la tele.
Pero nació aquí, aunque pasó la vida fuera de España, ganándose el pan con una
espada. Así que tenía pocas posibilidades de figurar en los libros de texto de
los colegios. Como dijo no recuerdo qué político analfabeto de los que mezclan
churras con merinas, la violencia no educa.
Año 1547. La España del emperador Carlos V tiene al
mundo agarrado por las pelotas. Los príncipes protestantes se han puesto
flamencos, y les caen encima, entre otros, los tercios de infantería española.
La cosa se dilucida en Mühlberg, con el río Elba entre los ejércitos del elector
de Sajonia y el del emperador. Se acomete la gente, se retiran los luteranos, y
en mitad del pifostio hay un momento delicado. Huyendo ante el empuje de la
vanguardia mandada por el duque de Alba, que siega como una guadaña, los
alemanes -marcando el paso de la oca, o lo que marcaran entonces- pasan el río
por un puente de barcas, lo recogen en la otra orilla, y para defender el único
vado y cubrir su retirada acumulan allí enorme cantidad de artillería y
arcabuceros. De manera que al llegar los españoles granizan balas sobre los
arneses. El de Alba, cabreadísimo, va de un lado a otro sin saber cómo hincarle
el diente al asunto, pues los tudescos van a enrocarse tras las murallas de la
plaza fuerte, y de allí no los sacarán ni con Tres en Uno. El emperador está a
punto de llegar con el grueso del ejército, encontrando el paso bloqueado; y
además, los enemigos empiezan a incendiar las barcas. Como para ingerir cianuro.
Entonces ocurre una de esas cosas que a veces nos pierden
a los españoles y otras nos salvan. Algo muy nuestro. Muy de aquí. Porque de
pronto, en mitad del carajal, a un soldado del Tercio Viejo se le va la pinza y
empieza a ciscarse en los alemanes y en todos sus muertos; y jurando en arameo
se pone la espada entre los dientes, echa a nadar por el vado bajo una lluvia de
arcabuzazos, llega a la orilla con dos cojones, arremete contra los alemanes
echando espumarajos, y mata a cinco. Tras él, por vergüenza torera y porque está
feo dejarlo ir solo, se han echado al agua su capitán y nueve soldados, que
salen chapoteando y gritando «España, cierra, cierra», como animales. Imagínense
el cuadro y las pintas de mis primos, aullando mojados de barro y con ojos de
locos, de mucho matar, con sus barbas, espadas, escapularios y demás
parafernalia. De ese modo los colegas llegan a tiempo de ayudar al que pelea a
la desesperada, acuchillando a mansalva. Así, entre los diez, hacen un escabeche
de toma pan y moja. Y mientras los alemanes deciden que es momento de salir por
pies a buscar unas cervezas, los españoles, chorreando agua y sangre ajena,
apagan el incendio, reconstruyen el puente, y cuando llega el emperador, su
ejército lo pasa tranquilamente, alcanza al enemigo, y al elector de Sajonia y a
su puta madre les da las suyas y las de un bombero.
Después, Carlos V pregunta quién fue el majara que cruzó
el río. Y le presentan a un oscuro soldado de padres vascos aunque nacido en
Medina del Campo, llamado Cristóbal Mondragón. Y allí mismo, sobre el campo de
batalla, el emperador lo llama «el mejor soldado
del mejor tercio de la infantería española» y lo nombra alférez. Al capitán
que lo siguió lo asciende a maestre de campo, y a los nueve soldados les da
tanto dinero que Lope de Vega, en su comedia El valiente Céspedes, dirá más
tarde que los ha cubierto de oro.
¿Colorín colorado? Casi. Y no como habría debido ser.
Con el tiempo, Mondragón se convirtió en uno de los más destacados militares
españoles en las guerras de Flandes. Amado por sus hombres, eso le granjeó -no
podía ser de otra manera-, odios y envidias en España. Y Felipe II, al que
sirvió con tanta devoción y valor como al padre, se portó con él como un
miserable. Cuando ya veterano volvió a su patria y solicitó expediente de
nobleza, los jueces se las arreglaron para inventarle antepasados judíos.
Humillado, lleno de amargura y vergüenza, Mondragón regresó a Flandes, de donde
no había de volver nunca. Acabó con noventa años, digno hasta el fin, ordenando
que lo pusieran en la ventana para que sus soldados, que lo adoraban, lo viesen
morir. En su testamento pedía, en pago a sus servicios, la castellanía de
Amberes para su hijo y una capitanía de lanzas para su nieto. El rey,
naturalmente, no concedió ni la una ni la otra.
Tirachinas
para el nene
Hoy vamos a jugar,
si les parece, al bonito juego de imaginar absurdos. Imaginemos, por
ejemplo, que usted lleva a sus niños a las fiestas del cole, o al
recinto infantil de las de su pueblo; y allí, presidiendo el despliegue
de globos, chuches, cuentacuentos, columpios y colchonetas de gomaespuma,
ve un cartelón enorme en el que, junto a la imagen de un muchacho con
rostro oculto por pasamontañas, que tensa en las manos un tirachinas con
tornillo gordo o bola de acero dentro, figuran las palabras «Prepárate
para luchar». Sé que suena a barbaridad, en efecto. La estúpida
posibilidad. En el sentido, además, literal de la palabra bárbaro. Pero,
en fin. Una vez imaginado eso, imagine también cuál sería su reacción. O
permítamelo a mí, si le da pereza. Como cualquier padre normal, se
llevaría -nos llevaríamos- de allí a las criaturas con una rapidez que
pulverizaría varios récords olímpicos. Y acto seguido, tras poner a los
niños a buen recaudo, y en unión de otros padres a los que supongo tan
indignados como usted o yo, montaría un pifostio de aquí te espero.
Exigiendo, como mínimo, la cabeza del director del colegio o del alcalde
responsables de tolerar semejante atrocidad.
Parece lógico, ¿verdad? Pues se equivoca usted y
me equivoco yo. Valga como prueba una foto que, hecho curioso, apenas ha
merecido comentarios en este país delirante donde cualquier disparate se
considera lo más natural del mundo. Se tomó durante las fiestas del
pueblo navarro de Leiza, y sobre ella podrían escribirse varias tesis
doctorales. Muestra una carpa municipal, la del recinto infantil,
presidida por un cartelón enorme cuyo centro está ocupado por la imagen
amenazadora -estéticamente muy lograda, estilo Banksy- de un joven con
gorro de lana y rostro cubierto por un pañuelo, que tensa su tirachinas
junto a una estrella roja y solitaria que también decora el pañuelo. Y
la imagen, situada dentro de un círculo negro, está flanqueada por dos
frases en letra mayúscula y con signos de exclamación: «Independetzia
eta sozialismoa», que no necesita traducción, y «Borrokatu Antolatu»;
que, si mi limitadísimo euskera no me engaña -aunque todo puede
ocurrir-, significa prepárate para luchar, asume la lucha o algo
parecido.
Pero oigan. Lo estremecedor no es el cartel, que
a fin de cuentas puede verse pintado en cualquier pared del País Vasco o
la Navarra irredenta, sino las mamás. Porque la escena, tirachinas y
borrokatu aparte, está llena de niños y mamás. Los enanos, de ambos
sexos y sexas, tienen entre tres y siete años, y andan por allí con
globos y chupando caramelos pringosos. Las madres atienden a sus retoños
en compañía de monitoras -deliciosa estética Nekane- con absoluta
naturalidad, inflándole el globito a uno, limpiándole los mocos a otra y
cosas así. Incluso hay una mamá, a la izquierda, que sostiene lo que a
primera vista parece una pistolita amarilla monísima, perteneciente a su
criatura de tres años, pero que tras una observación detenida resulta
ser una bolsa de patatas fritas apretada en la mano. Y todas esas mamás,
como digo, están ahí con sus tiernos infantes, dejándolos impregnarse
bien del espíritu festivo del pueblo leizatarra, o como se diga.
Esperanzadas y orgullosas, supongo -ante ese cartelón descomunal,
indiferentes o distraídas sería imposible-, de que sus vástagos tomen
buena nota de cuáles son las urgencias del pueblo y de la patria. Y así,
el día de mañana, cada vez que esos niños, para entonces hombres y
mujeres hechos y derechos y hechas y derechas, vean un tirachinas y un
pasamontañas, les pasará lo que a los trianeros les ocurre en Semana
Santa cuando pasa el Cachorro; que lloran como magdalenas, y a quienes
los miran asombrados les comentan: «Es que para entender esto, que por
la gloria de mi madre es lo más grande del mundo, hay que haber nacido
en Sevilla».
Y es que ciertas cosas hay que verlas en su contexto.
En Leiza -tres asesinados por ETA en su limpio historial-, las madres,
los niños y el resto de la sociedad, privados por la cara de
independencia y socialismo, gimen bajo la bota de España, cuyos
txakurras y cipayos encarcelan a heroicos gudaris mientras el Estado
fascista construye carreteras y trenes de alta velocidad que destruirán
el paisaje de una Euskadi utópica y feliz, parecida a la Irlanda postiza
de El hombre tranquilo: vacas pastando, humo de caseríos entre la
foresta y fornidos aizkolaris socios del Atlético de Bilbao. De ahí la
necesidad de formar, desde la cuna, a pequeños gudaritos que el día de
mañana, cada vez que vean un pasamontañas y un tirachinas, lloren
emocionados recordando los festejos entrañables de su tierna infancia.
Diciendo, como en Sevilla, que para entender eso -por la gloria de sus
madres- hay que tener el orgullo de haber nacido en Leiza.
Turistas que merecemos
Si
hay algo que me sigue dejando patedefuá, pese al escaso margen
de sorpresa que a uno le deja ser súbdito español y tener los
sesenta tacos casi a punto de nieve, es la facilidad de algunos
compatriotas, o como se llamen ahora, para salir en la tele
sorprendiéndose ante lo obvio. Lamentando de pronto, pancarta en
alto, lo que hasta el más tonto del pueblo veía venir desde hace
años, sin otra bola de cristal que el sentido común. Pensaba en
eso este verano, durante los incidentes provocados en algunas
localidades costeras por hordas de turistas jóvenes, ebrios y
gamberros, mientras las autoridades locales y los vecinos ponían
el grito en el cielo, preguntándose qué habían hecho ellos para
merecer eso. Lamentando que España, o buena parte de su litoral
mediterráneo, se haya convertido en la cochinera donde viene a
recalar el turismo más cutre y bajuno de Europa. La meca de la
chusma cervecera, bailona y vomitona, a veinte euros por noche.
Vaya por delante que turismo basura hay en todas
partes. Verbigracia, Italia. En materia de chusma,
incluida la indígena, poco tienen que envidiar los primos del
Lacio y aledaños a nuestros más conspicuos poligoneros
nacionales, o a los turistas de cerveza, discoteca con fiesta de
espuma y alivio en el portal. Lo que pasa es que allí, junto a
ese turismo de bajo coste y carne sudorosa macerada en alcohol,
los italianos, que son varias cosas menos tontos, han sabido
mantener, paralela, una oferta turística de alta calidad, con
lugares donde el turismo de mayor nivel económico y exigencia,
incluida la cultural, también se encuentra a sus anchas. Al
menos, de momento. Sitios, ésos, que viven no sólo de la
cantidad de botellas de agua mineral, bocatas y pizzas
recalentadas que turistas de menos recursos -dignísimos y con
derecho a comer, por otra parte- consumen cada día, sino también
de viajeros que pueden gastarse durante una cena con vistas al
lago de Como, sin que les tiemble el pulso, 150 euros en una
botella de Gaja. Por ejemplo.
Pero eso hay que currárselo. Lo fácil es montarlo
con docenas de torres de apartamentos y hoteles
baratos, tropecientas hamburgueserías y discotecas, barriles de
cerveza en cada esquina y guindillas municipales tolerantes con
el guiri que, antes de caer en coma etílico o matarse haciendo
el gilipollas en el balcón, se desnuda, orina, rompe y vomita
por doquier. Reconvirtiendo todo el comercio local,
restaurantes, tiendas, bares, para adaptarlo a esa subespecie de
clientes. Sin exigir, siquiera, que se pongan la camiseta cuando
entran descalzos y rascándose los huevos, o el chichi, y que
echen la pota en otra parte; no vayan a irse a comprar a la
tienda o al pueblo vecinos. Pero claro. Para combinar este
turismo ya inevitable con el de categoría, y aprovechar lo más
rentable de ambos, hacen falta cultura, tradición, inteligencia,
previsión a medio y largo plazo, y sobre todo la conciencia de
que una oferta turística no puede inspirarse sólo en suelta lo
que tengas y mañana Dios dirá. Tomemos por ejemplo La Manga, que
algunos conocimos de niños cuando era una bellísima lengua de
arena desierta entre dos mares. ¿Imaginan lo que sería hoy ese
lugar, de haber caído en manos de promotores inteligentes y con
una visión de futuro digna, en vez de acabar convertido en un
disparate de especulación y una pesadilla urbanística? ¿Calculan
la riqueza que estaría generando para toda la región, orientada
a un turismo de calidad con servicios impecables?
Lo nuestro, sin embargo, es otra cosa. Cuando cinco
mil alemanes, italianos e ingleses empastillados y
borrachos, a los que igual dan Lloret de Mar que Tegucigalpa
porque van ciegos, lo ponen todo patas arriba haciendo en manada
lo que en su país no les permiten que hagan, y los guardias de
la porra se ponen de pronto cumplidores y tienen que correrlos a
hostias porque le pegan fuego al pueblo, echamos la culpa a los
dueños de discotecas, y a la degradación de valores en la
juventud, y a la puta que nos parió. Obviando que llevamos
décadas pidiendo a gritos esa clase exacta de turistas; y que
para complacerlos, beneficiándonos de sus miserables migajas,
transformamos muchos de nuestros pueblos costeros en barras al
aire libre, arrasamos el buen gusto, liquidamos el comercio
tradicional, convertimos a nuestros hijos en camareros de
chiringuito y lamemos las chanclas a la gentuza de toda Europa.
Por eso tiene coña que ahora, cuando recogemos en el telediario
los frutos de nuestro esfuerzo, de ese pan para hoy y hambre
para mañana -lo que tarde en tranquilizarse la otra orilla del
Mediterráneo-, los alcaldes, concejales, comerciantes y vecinos
que por acción o silencio fuimos cómplices de tan grotesco y
sudoroso negocio, nos llevemos las manos a la cabeza. Olvidando
que a quien pide música luego le toca bailarla.
Saludando no es gerundio
No sé si se habrán fijado, aunque
supongo que sí. Que se fijan. Cada vez resulta más
inusual que alguien, al interpelar a otro en busca
de un servicio o una información, recurra a la
correctísima y tradicional fórmula «por favor», y
mucho menos que anteponga un cortés «buenos días».
Por lo común, la peña suele abordarse sin
prolegómenos, a bocajarro, en plan compadres que
frecuenten el mismo puticlub, sustituyendo el saludo
de toda la vida por una frase absurda que en los
últimos tiempos ha hecho fortuna en España, y que
permite identificar de lejos a un compatriota, o lo
que seamos ahora, en cualquier latitud y longitud:
ese bajuno «oye, perdona», acentuado por el infame
tuteo con que resolvemos, tanto con abuelos como con
niños, nuestra vida social. No hace mucho, en un
local muy correcto de París, tras escuchar en una
mesa vecina un sonoro «oye, perdona», vi a un
estirado camarero gabacho hacerse el sueco ante dos
turistas españoles ya maduritos. Con mi silencioso,
íntimo y -no me avergüenza confesarlo- perverso
regodeo.
En cuanto al «buenos días» cuando nos
cruzamos con un presunto semejante, ni
les cuento. No hay quien lo extraiga ni con
alicates. Naturalmente, no hablo de ir por las
ramblas de Barcelona o la Puerta del Sol de Madrid
diciendo buenos días a todo cristo, como un imbécil.
Hay momentos y momentos. Pero es cierto que
cualquier clase de saludo, cuando nos encontramos
con una persona sólo vagamente conocida, o con
desconocidos a quienes las circunstancias acercan de
modo particular, se hace cada vez más raro. Incluso
cuando eres tú quien toma la iniciativa y saluda
primero, hay muchas probabilidades de que el
interpelado no responda y pase por tu lado sin decir
esta boca es mía.
Un ejemplo. Amarro desde hace veinte
años en un puertecito mediterráneo de
ambiente tradicional. En sus muelles, pantalanes e
instalaciones me cruzo con propietarios de barcos,
marinos extranjeros en tránsito, marineros y socios
de club náutico. Ante ellos, los conozca o no, el
reflejo natural es decir «buenos días». Los
navegantes extranjeros, habituales o de paso,
saludan casi siempre, aunque no te conozcan. Con
frecuencia toman la iniciativa, incluyendo una
sonrisa amistosa. Los españoles, por el contrario,
suelen pasar contemplando el horizonte,
interesadísimos por alguna gaviota que allí planee.
Ni ven, ni oyen, ni hablan. Y cuando lo hacen casi
nunca es por impulso propio, sino en respuesta a tu
«buenos días» o «buenas tardes». En lo que a la
gente joven se refiere, extraordinario es que digan
al menos «hola». Cruzan impasibles sin mirarte,
saludes como saludes, a pesar de que, en lo de
responder a saludos de vecinos y conocidos, los
niños son mejores que los padres; quizá porque el
instinto de su poca edad y el colegio reciente los
hacen respetar un poco más a los adultos.
Otro ejemplo personal, aunque
transferible: vivo en la sierra de
Madrid y camino a diario. A veces encuentro a otros
paseantes, y es pintoresca la actitud de buena parte
de ellos. Mientras se acercan desvían la mirada,
como si no te vieran; y si no dices nada, pasan
vueltos hacia otro lado, mudos. Sólo cuando apuntas
«buenos días» responden apresuradamente, a veces
cuando ya están a tu espalda. Quienes lo hacen.
Otros siguen adelante, imperturbables. No va con
ellos. La más notable es una señora -la llamo señora
con razonables reservas- con la que me encuentro a
menudo. La he visto hacerse mayor, dos veces
embarazada, y ahora camina con dificultad a causa de
un accidente o una dolencia. Ni una sola vez ese
trozo de carne con patas respondió al «buenos días»
que le dirigí durante veinte años. Hasta que me
cansé de hacerlo.
Pero cada cual tiene su manera de
vengarse. A veces, si voy en plan
cabroncete y alguien llega de frente, hago como él:
mirar con fijeza hacia la lejanía o el suelo, cual
si algo allí atrajese mi atención. Y luego, al
llegar a su lado, lo miro de pronto y disparo un
«buenos días» inesperado, casi agresivo, que suele
pillar al sujeto de improviso; saludo ante el que
balbucea una desconcertada o presurosa respuesta,
mientras yo me alejo riendo entre dientes, arf, arf,
arf. Como el perro Pulgoso.
Supongo que cualquiera de ustedes conoce
casos parecidos en los que oficie de protagonista
activo o pasivo. Pero no creo que deban atribuirse
siempre a grosería o mala voluntad. Muchas veces se
trata sólo de incertidumbre y timidez social, fruto
de una educación deficiente: la inseguridad de no
tener claros, desde niños, los usos elementales de
cortesía y convivencia. Y no deja de ser
contradictorio, en esta España saturada de demagogia
idiota, buen rollito y compadreo cantamañanas, que
despreciemos de ese modo las fórmulas que,
precisamente, ayudan a que la sociedad de los seres
humanos sea soportable.
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Director General:
Dr. Ramón
Emilio Helena Campos. Diseño y Construcción: COMPULAB-Centro de
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Viernes, 17. Febrero 2012 -
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