Vivencias de un lugareño 

Dr. Ramón Helena Campos

“La vida no es la que uno vivió, sino

la que  uno recuerda y cómo la recuerda

para contarla”

Gabriel García Márquez,

Vivir para Contarla.

 Capitulo I

 Dicen los tratadistas de la materia que todos los pueblos y todas las ciudades son un invento. Nuestro caso no es una excepción.

 El día 4 de Enero de 1493 se escribe en un Diario de Navegación esta observación: Saliendo el sol levanté las anclas con poco viento con la barca por proa, camino del norueste para salir por la restringa por otra canal más ancha de que entro, la cual y otras son muy buenas para ir adelante de la Villa de la Navidad. Navego así al Este, camino de un monte muy alto, que quiere parecer Isla pero no lo es, porque tiene participación con tierra muy baja, el cual tiene forma de Alfaneque muy hermoso, al cual puse nombre de Monte-Christy, el cual está justamente y habrá 18 leguas.

 Ese día y con esas palabras Cristóbal Colón inventó a Montecristi.   

 Por ser uno de los pueblos más antiguos del país, conserva tradiciones y costumbres autóctonas de gran valor y relieve, que le dan una característica distinta a la de los pueblos del centro y el sur de la isla.

 Nuestra accidentada historia nos ha llevado por un camino de más de cinco siglos que transitan desde Villa a Parroquia, de Distrito a Común, de Comandancia de Armas a Distrito marítimo de Municipio a Provincia. Pero lo que es o debe ser San Fernando, es solamente la ciudad.   

 Para muchos Montecristi más que una ciudad es un artificio. Ciudad extravertida que padece del mal de claustrofobia, encerrada en si misma, pero siempre quejándose de ser ciudad olvidada abandonada a su destino y relegada a las bonanzas del desarrollo que no ha llegado a cristalizar en ningún sentido, y a pesar de todos esos años y de toda esta historia real o relatos virtuales, a pesar de todos estos nombres, seguimos siendo un fantasma, sin nombre que se desvanece luchando poco a poco entre un torrente de aguas nauseabundas y una bahía que se resiste a ser mar.   

 ¿Quién puede decir que conoce cabalmente a Montecristi?  No lo se. Quizás nadie lo sepa.

 Debo confesar que, por reminiscencia o por coincidencia, el primer título que se me ocurrió para estos relatos que aspira a libro, fue el de “Memorias de Un Provinciano” Pero me pareció una idea tan brillante, que puse en duda su originalidad y me dediqué a investigar al respecto. En pocos días, descubrí que efectivamente Carlos Matronardi, escritor argentino, tildado de mítico y a la vez clandestino -oscuro autor de temas oscuros- se me había adelantado en muchos años.

 No tuve más remedio que buscar la alternativa de procurar encontrar otros vocablos que sin incurrir en  plagio, describiera con exactitud la idea de plasmar en un libro, los recuerdos que se guardan en la memoria de este rústico aldeano, pueblerino, rural y paleto como he sido yo, y dejarlos como testimonio de alguien que ha vivido en un pequeño pueblo, cerrado y quejoso, como lo ha sido siempre, desde que fue villa en su origen, hasta alcanzar la dudosa categoría  de ciudad, la de San Fernando de Montecristi.

 Recordar tu pasado y reflexionar sobre el mismo no te llega sino después que has cumplido los cincuenta, y yo supero con creces esa edad. Por eso puedo decir con propiedad que el signo característico de la época en que ahora escribo estas notas, está  matizado y a veces dominado por la nostalgia. Nostalgia de los hechos en que fui protagonista y también nostalgia de las historias que me contaron.

 

Capitulo II

 

Yo que vi la luz primera en un hogar de pobres, no puedo dejar de decir que mis primeros recuerdos se remontan a una pequeña casa construida de madera con el techo de zinc y pisos de concreto pulido, enclavada en un solar muy grande como eran en esos tiempos y sin división por cercas, que quedaba ubicado entre la casa que desde siempre fue hogar de la familia formada por Félix Villanueva, Paulina Fabián y sus ocho hijos y del otro lado, por la hermosa casa mansión que hasta su muerte, fue domicilio del doctor y Madam Guitó.

 Aquel solar era inmenso destacándose en el fondo un frondoso y añejo árbol de tamarindo, lugar de donde provenían las frutas para el refresco y las varas para el castigo.

 Supe después, porque a mis cinco años presencié el enterramiento del ombligo de mi hermana Mercedes, que en ese mismo lugar la partera Salome depositó el mío y el de mi hermano Aquiles. Era como una especie de rito que se repetía en todos los hogares, cuando alguna mujer daba a luz: apartados los niños del lugar, después del acontecimiento, la partera encaminándose hacia el patio, con un lavamanos tapado que contenía el material de desecho de un alumbramiento y que por estar prohibido a la vista, despertaba el mayor interés en observarlo de lejos, a escondidas y a hurtadillas.  

 El único acontecimiento que enturbió por algún tiempo el amor por aquel árbol de tamarindo, fue la ocasión en que amarraron allí a un moribundo perro atacado de la rabia, que todos en el barrio vimos morir de sed, la boca llena de espuma.

 Eran los tiempos en que a pesar de la pobreza, las familias intercambiaban a diario un plato de comida, sea para variar el menú, o para complacer a alguno de la casa de al lado o del frente, que no comía moros o locrio de arenque o bacalao           

 De Paulina recordamos y agradecimos por mucho tiempo sus oportunas intervenciones cuando mi mamá o mi papá,  frente a una leve falta procedían al castigo, que a veces ante las travesuras mas graves, especialmente de mi hermano Aquiles, consistían en una paliza a varazos, bajo el sol ardiente, hincado sobre una piedra en medio del patio, recibiendo fuertes azotes de una vara de tamarindo.

 -Pero comadre. Ya esta bueno. Déjelo que el se va a portar bien. Ya esta bueno. Ya esta bueno-

 Y solo entonces cedía el fiero ataque sobre la piel desnuda, magullada y mojada, que se calmaba al oír las dulces melodías que provenían del piano y el violín de la familia Guiteax.   

 No me explico cómo los sicólogos de hoy día ponen en duda la efectividad de aquellas medidas de coerción, porque ninguno de los compañeros que compartimos el barrio de esa época, entre ellos Ramiro, Manolo, Humberto, José, Bienvenida, Gladys, el Mudo y Pablo Alfonso Villanueva, hijos de Villita y Paulina, ni tampoco Luciano, Héctor, Olga y Nidia Martínez, hijos de Don Luis Martínez y Doña Tita Castro, nuestros vecinos del otro lado de la carretera, ni menos Víctor, Lorenzo, Tontón, Meny y Chelita los hijos de Don Pululo y de mi madrina Doña Chela Santos de Rodríguez, que aunque no puede decirse que hemos sido del todo santos, todos hemos logrado desarrollarnos en un medio tan difícil, como personas normales, sin traumas y sin señalamientos de índole moral.

 

Capítulo III

 

Eran los días en que unas cuantas monedas constituían una pequeña fortuna y recuerdo vivamente la tradición de año nuevo cuando nos mandaban a saludar a los padrinos, a “besar la mano” y a pedir el bonanné.

 En una de esas ocasiones mi padrino Luis Martínez se mostró muy generoso y después de - Bendición Padrino, mi bonanané- me dijo 

-Dios te bendiga-  y puso en mis manos una moneda de veinticinco centavos que marcó algunos cambios importantes en mi vida.

Salté de alegría y cruzando la carretera que separaba nuestras casas, eufórico e incontenible llegue a mi casa temblando  de ansiedad por dar  la noticia.

 Yo hubiera preferido guardar aquel dinero o gastarlo de inmediato en dulces y alunas golosinas navideñas, pero mi mamá tenia otros planes.

 -Con eso compraremos una chivita y ya verás, vas a tener muchos chivos.

 Fue grande mi turbación y mi frustración, pero no había mas remedio. Disimulé un poco mi tristeza, acepté la decisión y la chiva se compró.

 En esos días la crianza no estaba regulada y era natural que los animales domésticos se tuvieran en los chiqueros, en el patio de las casas o en el sitio, de forma silvestre.

 Se estampaban o señalaban con cortes en las orejas, mocho y sacao, cabo y bocao,  que luego algunos declaraban en la Alcaldía en una especie de registro de propiedad, pero todos respetaban los animales ajenos.

 Al cabo de tres años yo era propietario de unas 30 cabezas, cuando llegó la ley que prohibió la crianza de animales en el sitio, especialmente en la zona urbana y fue preciso llevar al campo mi pequeño patrimonio. Los trasladaron a Cayuco, Dajabón, Detrás de la Sierra, de donde era oriunda mi madre  adonde fueron a parar.

 Allí siguieron reproduciéndose y después me informaron que llegaron a contarse más de cuarenta o cuarenta y cinco.

 A veces iban al campo y traían dos o tres chivos vivos. Los mataban en  el patio y se cubrían las necesidades alimenticias. Mondongo de chivo, patitas de chivo, asadura, pipían y chivo guisado hacían las delicias del hogar y de los vecinos por varios días.

 Una gran parte de la carne se salaba para conservarla porque en todo el vecindario nadie tenía un refrigerador o nevera.

  Después las cosas fueron cambiando. Los chivos que se robaban en el campo eran los de mi familia. Los que se perdían también, y poco a poco fue achicándose la fortuna, mermando de tal manera que cuando solo quedaban ocho, lo fueron a buscar y la carne que no pudieron comer, la vendieron o la regalaron. Así terminó mi primera actividad económica caprina.

 

Capitulo IV

 

A los cinco años de edad, aún vivíamos en el barrio, donde con el atractivo de un receptor de pila seca de la marcha  Philips que había comprado mi padre, éramos el centro de atracción del vecindario. Allí se oían las novelas transmitidas por Radio Progreso y CMQ desde Cuba, los programas de Tres Patines, la Tremenda Corte, La Sonora Matancera, Fernando Álvarez y Olga Chorens.  En poco tiempo, todos en el barrio cantábamos “El ratoncito Miguel”

 En ese año sentí por vez primera un temblor de tierras y ante el sacudión que me lanzó corriendo a los brazos de Nereyda, la de Agustín Jerez que ayudaba a mi madre en las labores domesticas porque ella se había iniciado en el arte culinario y preparaba para una exigua pero exclusiva clientela, con desayunos a base de sopa de patas de vaca, hígado de res y mondongo en todas sus variedades. Fue la base de un negocio que duró casi hasta sus últimos días.

 Los sábados era un día especial, esperado por todos, porque era el día en que nos dejaban ir en grupo, a dos lugares que parecían muy lejanos en ese tiempo: El Pozo de beber,  al lado de la alfarería o fábrica de ladrillos de los Socias y el Cerro de San Pié. La aventura comenzaba desde la noche anterior y era el jolgorio y el bullicio preparando los refrescos de agua de limón o tamarindo, escogiendo las piedrecillas más redondas y duras y puliendo la horqueta o amarrando la goma para los tirapiedras. La cacería de rolitas era una aventura  que comenzaba a las 7 de la mañana y terminaba después del mediodía, cuando cansados y a veces sin nada en el morral, regresábamos hambrientos y exhaustos a nuestros hogares.

 Para esa época solo podíamos ir a la playa acompañados de una persona mayor. El viaje parecía una odisea, caminando por vericuetos y a veces por laberintos de cambrón, basuras y latas viejas después que dejábamos las instalaciones del mercado publico, que entonces se llamaba "La Feria", que quedaba justo enfrente de la tienda mas importante, la de Hermanos Socias.

Aquel mercado donde aparecía de todo, desde pescado, carne, mariscos, verduras, vegetales en fin abastecido todo lo que necesitaba la canasta familiar y a precio muy asequible. Allí estaban algunos personajes del mercado. Bellita Miranda y Estebania,  Antonio que  le apodábamos Ciprián y vendía chinas, Gracitón que vendía comida, Jesús y Miguelito, eran carniceros, Galiciano Jerez que tenia un quiosco del lado oeste  y el de los Isidor del lado este. Candán y otros muchos.

El camino era realmente el basurero municipal y veces nos sorprendía algún perro muerto ya en estado de putrefacción.

 Cuando salíamos al Albinal, camino de la playa, habían otras indicaciones: -Cuidado quien se bajara a recoger siquiera un grano de sal, que nos están mirando desde la Fortaleza y los guardias pueden alcanzarnos con sus disparos. 

 Leyenda o realidad, era cierto que todos lo creían. Después supimos que esas eran la instrucción de una época en que Trujillo, amo y señor del país hizo correr entre sus súbditos cuando decidió tomar por asalto las salinas y convertirse en único y exclusivo productor de sal marina. 

 Después de más de tres kilómetros de viaje, llegábamos a una especie de paraíso de uvas, cocos, almendras y caracoles, en un inmenso mar de arenas blancas. Allí también había que llevarlo todo porque no existían bares o restaurantes, ni agua ni hielo que mitigara la sed.

 Se hizo famosa la historia de Angelito El Mono, que cuando daba permiso a sus hijos, el Pulpo, Negro y Bianco, les recomendaba;

 -Está bien. Vayan a la playa pero miren a ver lo que hacen, porque si me dicen que se ahogaron, aquí no vuelvan porque los  mato.     

Capitulo V

 

Mi primera formación académica la recibí de una maestra muy querida, Doña Nena la esposa de Lelé Cucharita. Todos los días, junto a otros vecinos del lugar asistíamos a clase en aquella humilde casa escondida detrás del Barrio Las Flores, que prendió en nosotros los primeros conocimientos y valores y nos alfabetizó.

 Es decir cuando llegué por primera vez a la escuela de Varones Honduras y me inicié en la educación primaria formal, a los cinco años de edad, ya yo sabia leer y escribir.    

 Tiempos inolvidables donde de la mano de la señorita Silvia Isidor, la directora, que aun era soltera, pero que un después de casada, seguíamos llamándola señorita, y cuya correa, según me apunta José de Jesús Cabreja Moronta, le llamaban “La Madrina”, de Aidé Hurtado, de Isabel Reyes, de Sara Good de Kalaf, Tinita Jiménez y tantas otras maestras que muchas se iniciaban en la docencia, no solo supieron hablar de matemáticas, geografía, sociales y Moral y Cívica, sino que además impusieron una férrea disciplina que doblegaba nuestros ímpetus a base de coscorrones, correazos y castigos leves o severos,  recuerdo también la tablilla de la puntualidad que creó Doña Tinita Jiménez. El curso que la ganaba en el mes disfrutaba de un paseo a lugares cercanos a la ciudad.

Otra cosa que siempre recuerdo lo es el uso de la corbata. Doña Tinita nos llamaba la atención cuando veía que nos las colocábamos en el cuello al llegar a la escuela o nos la quitábamos al salir antes de llegar a nuestras casas. Nos decía la corbata se pone y se quita en su habitación. Ese disciplinario se matizaba con la presencia del profesor de canto, Don Susano Polanco que deleitaba a todos con su timbrada voz de tenor, en el canto de los himnos para todas las ocasiones.  

 Fueron los tiempos de conocer y hacer amistad con Eduardo Mena, Otto Isidor, Mario Rodríguez, Bolivar Good, Vilo Mena, Luís Huberto Marzán, Héctor Martínez, conocido por Matié,  Manolo Villanueva, José Manuel Grullon apodado Che Manguera que a pesar de los años, aun no sabemos la razón de ese apodo, Helvio Soufront, Asdrúbal Herrera, David Morel, el de Doña Armanda, Miguelito Grullon, René García o Richetti, aunque estos últimos pertenecían a un grupo que se había quedado rezagado, pero que antes pertenecieron a una promoción entre los que se contaban Danton Hurtado, Regis Hurtado, Julio Cesar Valdez y mi hermano Aquiles.

 No podemos olvidar el desayuno escolar a base de de un trozo de pan y del famoso chocolate “Trópico” solo recordarlo, era una delicia.

 No fui el más travieso de la época, pero en algunas ocasiones la señorita Silvia Isidor mostraba sus garras de maestra y cuando había motivos suficientes, después de unos fuertes reglazos en el espinazo, nos ponía de rodillas en la dirección.

 Eran los tiempos en que era mejor aguantar los coscorrones y disimular sus consecuencias, ya que si alguno presentaba sus quejas y sus lloriqueos culpando a la maestra, la inmediata zurra no se quedaba sin la vara.

 -Tuviste la culpa. Este es el segundo castigo- Y si no sabes comportarte, se le lo diré a tu papa para recibir el tercero- señalaba mi mamá.

 Había que revestirse de paciencia y tolerancia, porque de lo contrario, si se enteraba, era cierto que la vara volvía sonar.  

 Me dicen ahora que muchos de los niños y adolescentes, cuando llorando presentan la queja de un severo castigo a su madre, de inmediato llaman al maestro, salen hasta sin chancletas, dejan las labores domesticas y arrancan con el hijo o la hija  de manos, soltándole al profesor rayos y centellas bajo los términos de:-¿Quién se ha creído usted? Usted es una fresca, usted no ha parido este muchacho.

 La maestra no tiene mas remedio que callarse y bajar la cabeza, mientras de reojo, el imputado parece esbozar una leve sonrisa de triunfo.

 Cosas del tiempo nuevo.              

 Valga decir también, que colindando con la Escuela Honduras, Mister Greem había establecido un parral excelente, que después se conocía como las Uvas de la viuda Greem, tentación irresistible, de día y de noche  y que alguna vez pasó de tentación y pudimos saborear el dulce jugo de aquellas sabrosas uvas. 

 Por una coincidencia, en aquel gran lugar en que se construyó la Escuela Rosa Smester, también había establecido Israel Álvarez un inmenso bosque de uvas, llamado El Uvero de Don Israel.

 

Capítulo VI

 

Cuando las autoridades decidieron juntar las dos escuelas primarias  para integrarlas en el local de la escuela Rosa Smester ya éramos adolescentes y esa fue otra historia.

 Fue un proceso lento y difícil acostumbrarse a esta interacción social, fruto de la diferencia de sexos en que nos movíamos.

 Una de las atracciones de entonces era quedarse extasiado por mucho rato, viendo las muchachas saliendo en direcciones opuestas de los respectivos planteles  con sus diferentes uniformes y haciéndose ilusiones,  que de noche nos quitarían el sueño.

 Pero caímos en la realidad de que sentarse junto a Edda y Emma, las mellizas Tavarez Justo, Olga Martínez, Publia Martínez, Sonia Fernández, Zuleika Grullon, Ana Gómez, Angelina Moreaux, Anita Sánchez,  Milagritos Socias y esa pléyade de hermosas palomas que eran estrellas de primera magnitud y formaban nuestra propia constelación.         

 O también a Yiya, la famosa Yiya, la que a hurtadillas pero con desparpajo ponía en riesgo nuestra inocencia y nos enseñó a todos a dar golpes de barriga cuando bailábamos.

 La misma Yiya que después de muchos años, me cuentan se salio con la suya cuando algunos muchachos del Cristo Rey entre los que contaban Genaro Abreu  y Fanfan Marichal, que quisieron hacerle una broma y al saber que a veces la efervescencia y la incontinencia etílica la volvía incontrolable por ratos, se procuraron una cabeza de burro que envolvieron con mucho cuidado en una funda y se la llevaron de regalo ofreciéndola como una cabeza de vaca traída del matadero para que hiciera un sopión.

 Se alejaron un poco del lugar y dispersos quedaron a la espera de ella iniciara la labores propias del arte culinario.     

 Ella, ni tonta ni perezosa comenzó a examinar con cuidado y cautela aquel exquisito regalo y después de unos minutos dijo bien fuerte como para que la oyeran: Uhmmmm, -Yiya no cae en ganchos, ¿Caco e, vaca con diente arriba? Eso no… los que la observaban de lejos pusieron pies en polvorosa y no volvieron por ahí en muchos meses.

Capitulo VI

Después que nos mudamos al centro, y ya con nevera Frigidaire que funcionaba con electricidad, mi mamá inventó en Montecristi la leche batida, desconocida hasta entonces.

 Era un manjar apetecido por lugareños y transeúntes que venían al pueblo y no se perdían la oportunidad de tomar su leche batida, servida en unos vasos de vidrio tan grandes y tan pesados que parecían jarros, con mucho hielo,  canela y vainilla. La acompañaban con un dulce bizcocho de harina de trigo en el que se especializaban Isabelita Vialet, Mamasha Cabreja  y Melida Good.

 Diferente a Elpidio, Ana Celia Campos nació con vena de comerciante y ampliando el comedor, con desayunos y almuerzos meta que pasó por Mi Barrita y más tarde el Hotel San Pancracio.

 La vocación despierta el ingenio y Ana Celia no se amilanaba para tomar decisiones  rápidas y cuando estaba haciendo batidas en una actividad constante que no paraba procesando mas de 50 botellas de leche cruda y dos o tres bloques de hielo, y una de las batidoras comenzaba a dar problemas y mi papa, de temperamento mas lento quería procurarse a averiguar que si los carbones, que si la hélice, enseguida se oía la voz de mi madre decir: -Oye Elpidio, deja eso para eso para después, anda ve corriendo a la Curacao y dile a Rufino Grullon que me mande enseguida otra batidora que mas tarde le enviamos el dinero. Es que este negocio no puede detenerse.

 Y podían contarse después, restos de más de 6 batidoras, en posibilidad de arreglo, pero lo  más importante era que no se detenía el negocio.

 

Capitulo VII

No fui testigo de todas esas anécdotas porque para ese tiempo ya había iniciado mis estudios en la universidad, pero los que residían en la ciudad, cuentan que en la época en que Fellito Moscoso fundó y puso en el aire la emisora Radio Montecristi, no tuvo mas alternativa de ponerla en manos de Elpidio Helena, que mas por su vocación de comunicador hacia de director, productor, locutor, musicalizador, cobrador, portero y sereno de la empresa.

Fueron famosos un ensayo sobre un cuadro de comedias, donde todos los personajes eran hechos por él mismo.

Y aquellos programas donde había un invitado, por ejemplo Agustín Lara y Elpidio comenzaba recibiendo al supuesto personaje Agustín y le hablaba de México y que como andaban las cosas por allá. Le preguntaba: ¿Dígame don Agustín que le ha parecido la República Dominicana, y como llega a Montecristi y al seguir el desarrollo "hablaba Agustín y se explayaba contando las maravillas de Montecristi y el país, el mismo "Agustín" le invitaba en el aire a que oyeran su ultima canción.

Entonces el, como  musicalizador ponía, por ejemplo: María Bonita, y algunos de los oyentes que no se habían percatado del truco, creían con toda fe, que en realidad Agustín estaba en persona y había cantado. 

Es mas, algunos de los que residían en Barrio de Mejoramiento Social donde estaba instalada la emisora, especialmente las familia Cabreja Moronta, cuentan lo siguiente: Ramón, Te recuerdo que la Emisora quedaba en el Barrio, al lado de mi  casa y cuando pasó lo de Agustín Lara, 20 minutos después empezaron a llegar personas al local de la estación para ver a dicho cantante y al preguntarle a Don Elpidio, éste le decia,..."se acaba de marchar hacia Dajabón."   

Y cuentan además algunas peripecias, lapsus e ingeniosas frases que se han convertido en parte de la historia de la villa, como aquella en la que haciendo la promoción de los comerciales, llego a anunciar: “No se pierda mañana, gran jugada de gallos en la iglesia de Copey” o aquella de “Visite Mi Barrita, propiedad de Ana Celia Campos de Helena, donde encontrará cigarrillos bien fríos y cervezas de todas clases” 

 Pero resulta que en alguna ocasión en que por falta de personal tenia también que salir por los campos cercanos a cobrar los anuncios, alguna que otra persona llegó a señalarle enfáticamente:    -Mire señor, aquí está el pago del anuncio, pero quiero  decirle que no lo pongan cuando esta de turno el tal Elpidio Helena, porque se equivoca mucho.

 Mi papá que estaba dotado de un buen humor no se inmutaba, se lo tomaba a broma y le respondía, - Muchas gracias, así se hará señor” Y después el mismo era el que lo contaba, desternillándose de la risa por la ocurrencia.

Capitulo VIII

Cuando conocí a Riche era yo apenas un niño. En ese entonces él trabajaba como mensajero del Partido Dominicano que estaba situado en los altos del edificio del Correos. Mi papa era secretario y Don Diego de Peña Glass el presidente y había que llevarle a Don Elpidio el almuerzo todos los días, alternando con Aquiles mi hermano, cuando salíamos de la escuela.

 Esa circunstancia me dio la oportunidad de acercarme a veces a él y hacerle algunas preguntas. Y no había forma de que pudiera equivocarse según comprueban todos los montecristeños que le conocieron.

 Después que cerraron el Partido, Riche fue mensajero de la compañía telefónica de Segundo Batista, repartiendo recibos, factura y cobrando, pero siempre sonriendo y hablando solo, y con aquel cigarro siempre en la boca, que ni se gastaba, ni se apagaba.  

 Por algún tiempo y estando en la Universidad, abrigué la idea de conseguir una grabadora portátil y dejar guardadas esas conversaciones y en su voz, contando aquellas historias.

 Pero solo fue una idea, un sueño, del que desperté solo el día que me dijeron que Riche había muerto.

 Lo encontraron solo, tal como había vivido la mayor parte de su vida. Y Con ese descuido mío y de otros, se perdió para siempre lo que pudo haber sido un importante testimonio de nuestra historia.            

 Fue una persona excepcional, dotado de la mejor memoria que haya tenido alguna persona. Podías preguntarle cualquier fecha, cualquier acontecimiento, no importa el tiempo, la fecha ni las circunstancias, pero esa respuesta llegaba de manera inmediata.

 Por alguna razón, yo, aunque era muy chico, le caí en gracia y en lo que esperaba la cantina para regresar a mi casa, en el solar que después fue el Parque Julia Molina o El Parquecito, Parque Mariam Trinidad Sánchez y finalmente Plazoleta Dr. Juan Enrique Kunhardt, al lado del Bar Somayo y El Melódico Bar, me deleitaba haciéndole mil preguntas, y nunca hubo una actitud que pareciera desaprensiva para contestar.    

 En el solar que actualmente ocupa el Banco de Reservas funcionaba un exquisito Café-Bar, donde servían refrescos, helados de sorbetera, jugos y alguna que otra cerveza.

Aquel Café-Bar encerrado entre el Teatro Centenario y el local del Correos y Telégrafos llevaba como nombre Oasis y era propiedad de Maruja de García.

 Allí se daba cita lo mas granado de nuestra sociedad de entonces. Pero para mí, era casi inaccesible, a menos que fuera justificada mi presencia 

 No faltaba ninguna de clase de dulce y junto al bar de Juan Luis Álvarez, eran las cervezas mas frías que pudieran aparecer.

 En las noches, era obligatorio ese paseo por “la calle El Conde” como algunos le llamaban que venía desde la esquina de la calle Colon, o del correo, hasta la oficina de la policía que por un tiempo estuvo en la esquina Santiago Rodríguez, en la casona de dos plantas de Los Richetti, esperando la película.

 Sube y baja, aprovechando la ocasión para mirar a una chica del entorno y atreverse a decirle un piropo o alguna declaración de amor, pero casi siempre en voz baja, siempre caminando.

 

Capitulo IX

 

No quiero dejar de recordar algunas vivencias relacionadas con mi padre, sobre todo en lo que se refiere a su profesión de fotógrafo.

En los tiempos en que estudiaba en el Liceo y mi papa había cesado de su cargo de secretario del Partido Dominicano, instaló uno de los primeros estudios fotográficos.

 Esa actividad la compartía con el negocio que tenía mi mamá denominado Mi Barrita, el de las leches batidas y los sabrosos bizcochos.

 En Montecristi además d mi papa, solo se dedicaba a ese arte, el señor Luis Armando Peralta, cada uno en su ubicación diferente.

 No sé cómo se la ingenió pero a base de pruebas y experimentos, logró construir una cámara de fuelle gigante que servía para hacer las ampliaciones de fotos, que en ese tiempo no era posible conseguir.

 Compartí con Eduardo Mena Paret, las experiencias de esa etapa, donde a él también le sirvió de motivación en lo que ha sido su vocación, hoy conocido como Papomena destacado fotógrafo montecristeño de fama universal.    

   Todas las tardes, después de salir de la escuela nos encerrábamos a recibir las explicaciones prácticas del arte fotográfico y entre el fuerte olor de ácidos que eran el revelador y el fijador fuimos acercándonos a hacer pininos con muestras de ese arte.

 En el improvisado estudio, mi papa también inventó el arte de colorear las fotos usando papel especial. Fue famosa la muestra de una fotografía gigante tomada y coloreada de Carlos Herman Lembcke.

 No podemos olvidar aquella foto en que aparecía un cerdo con dos cabezas. Otra del hombre más pequeño del mundo, que vivió varios meses en esta ciudad y era la admiración de mucha gente. Una del famoso rocual atrapado en la playa de Manzanillo que al comerlo puso a todos a dejar una estela de grasa, donde quiera que se sentara.

 En fin, eran curiosidades que con el tiempo se perdieron

 Algo que lamenté fue que a su muerte, no tuvimos la previsión de guardar la mayoría de esas fotos y negativos y almacenadas sin previsión en cajas de cartón a la intemperie. Solo pudimos salvar algunas. Recuerdo que Erich Kunhardt cada vez que venía al país de vacaciones, no dejaba de pasar horas y horas recogiéndolas y guardándolas y es posible que pueda tener una buena colección.

Capitulo X

Muchos montecristeños no conocieron o no recuerdan algunos hechos e instituciones que forman parte de nuestra historia. Por eso la función de estas memorias.

 Cuando rondaba los 13 años, por sugerencia de mis padres me inscribí en la Academia Municipal de Música de Montecristi, que para esa época estaba ubicada en un solar que después fue la Casa Katia, negocio propiedad de Augusto Mena y era dirigida por Nicanor Rivera, a quien le debo mis primeros conocimientos de solfeo, como se estilaba en ese tiempo. Muy tranquilo y dotado de gran paciencia. A Don Nicanor lo sustituyo alguien de quien  no recuerdo el nombre pero que todos conocimos como “Nian Así”             

 Dotado de humor y alegría que impregnaba nuestra formación, dando a veces un par de coscorrones o usando la varita de solfear para castigar las indisciplinas juveniles.

 Más tarde nos encontramos con Don Gaspar Isidor, solfeando en la antigua casa que fue el antiguo hotel de Casiodora, famoso pues desde el balcón del segundo piso de esa edificación fue que Trujillo dijo la famosa frase: “No hay Peligro Seguirme”.

 Cuando estudiaba música en esa academia, ya la casa estaba prácticamente en ruinas.

 Pero allí fue que comencé mis prácticas con un instrumento musical que fue el saxofón. Junto a Julio Manuel Rodríguez Grullon, Miguel Grullon, Euclides Gutiérrez, Tony Silverio, Gerardo Álvarez, Manuel Toribio (Mañé) y otros destacados intérpretes que pertenecimos a la Banda Municipal de Música de Montecristi. Junto a la práctica del saxofón, el maestro Isidor se empeñó en mostrarme las habilidades para tocar la batería, o sea ese conjunto de instrumentos de percusión, del cual casi me hice un experto.

 No puedo dejar de recordar a Billo Sánchez con su trompeta, a Ale Peña con sus platillos y al maestro del Bajo, esa bombona tan pesada que cargaba el amigo Bron. Ni a Purito Vargas y Rafael (Cabecita) Vargas. Y a Bulú  que con su voz de tenor cantaba los merengues de la segunda parte de los conciertos.

 Pocas personas recuerdan los famosos conciertos dominicales que en plan tradicional llamábamos “Las Retretas” en la plazoleta que fue del Parque Presidente Trujillo. Ni podemos olvidar que en las rondas alrededor de la glorieta, muchos y muchas de la juventud de ese tiempo se iniciaron en amores, pero esa es otra historia.

Capitulo XI

El autor de esta Web, donde se registra Vivencias de Lugareño, se encontró con una reflexión contenida en la obra La Otra Historia Dominicana de Frank Moya Pons, y se sintió impactado por la similitud de de la intención del contenido y ha querido insertar este fragmento, titulado:  

Memorias rotas

 Contrariamente a lo que mucha gente piensa, la historia no es una continuidad de la conciencia de los pueblos. En numerosas ocasiones la historia se pierde, y por ello no todos los miembros de una sociedad recuerdan igualmente el pasado colectivo

 Ocurre que mientras unas personas recuerdan gran parte de sus biografías y de algunos hechos de importancia social o familiar, muchas otras personas apenas recuerdan eventos de sus vidas y casi no saben nada de lo que ocurrió a su comunidad antes de ellos nacer. Para subsanar esta carencia de recuerdos la gente recurre a la memoria de los más viejos  que almacenan en sus mentes ocurrencias olvidadas por la mayoría de los miembros de la familia, el clan, la tribu o la nación.

 No siempre coinciden esas memorias porque cada quien  recuerda el pasado de manera selectica y porque la noción aprendida de lo que ocurrió antes del propio nacimiento fue el resultado de una transmisión incompleta de los hechos, peor, de una transmisión inexacta de lo ocurrido

 Además de los ancianos, las sociedades producen algunos individuos que por alguna razón desconocida, no pueden sin entender  los orígenes del pasado o del mismo presente. Con la intención de registrarlos para luego comunicarlos al resto de la sociedad proponiendo, de paso, una interpretación de lo ocurrido.

 Las formas de registrar este pasado son diversas. Algunos lo hacen a través de la narración histórica, otros con la narración literaria, otros con la canción popular, otros por medio de la crónica, otros implemente guardando materiales y acumulando colecciones, otros preservando monedas, fotos, muebles y edificios y así por el estilo.

 Todos los que intentan capturar el pasado perdido u olvidado o a punto de borrarse y olvidarse, producen una suma de esfuerzos que sirve a veces para que la sociedad, a través de las familias, las escuelas y los medios de comunicación adquieran una noción construida de su historia.

 Esta construcción de la historia no ocurre automáticamente, aun cuando la reconstrucción del pasado es generalmente el resultado de un esfuerzo más arduo en aquellos pueblos en los que  los pueblos han sufrido rupturas traumáticas como ocurrió, por ejemplo, con la desaparición de la sociedad taina que obliteró para siempre la memoria aborigen.

 Ni siquiera los cronistas españoles pudieron capturar la memoria indígena y, mucho menos, la rica historia preservada en sus areitos. Siguiendo con otros ejemplos, mencionaremos todo lo que se olvidó a consecuencia  de la destrucción de los archivos de la ciudad de Santo Domingo, cometida por el corsario Francis Drake en 1586.

 En forma igualmente definitiva se perdió también la historia social de los pueblos del norte y el oeste de la isla cuando estos fueron devastados y quemados en 11605 y 1606 por órdenes de la corona española. También desapareció para siempre la experiencia social que se llevaron a otras tierras y, finalmente a sus tumbas, los colonos emigrantes de los siglos XVI, XVII y XVIII.

 Aquellos encomenderos, hateros, cazadores de ganado, sembradores de jengibre amas de casa, campesinos, peones, soldados, clérigos, monjas, esclavos negros, capataces mulatos y otros actores sociales que no emigraron, dejaron registradas sus pocas memorias en el tejido de unas tradiciones orales cada vez más tenues.

 También quedo rota la memoria social dominicana a partir de las gruesas oleadas emigratorias que comenzaron con el tratado de Basilea en 1795 pues en menos de veinte años la parte oriental de la isla no solo más de dos tercios de su población sino gran parte de sus archivos.

 Con cada oleada migratoria algo muy muy importante de la memoria dominicana quedo roto y perdido para siempre, lo mismo que con cada archivo destruido o con cada persona que murió sin dejar                                               registrado su pasado o lo que pudo aprender del pasado colectivo.

 Da mucho que pensar que en los 507 años de biografía taino-hispana-afro-criolla, los dominicanos como colectividad casi no recuerdan nada de sus primeros 330 años, apenas recuerdan un poco de los 22 años de la dominación haitiana y solo un poquito más de los últimos 155 años .

 Esta amnesia colectiva  de la vida colonial podrá equipararse con una persona de 51 años que apenas recordara algo, no mucho de los últimos 15 años de su vida y hubiera olvidado los primeros 33 años de su existencia.

 Igualmente es asunto de consideración saber que  de los últimos 155 años, los dominicanos recuerdan muy poso de algunos periodos que fueron importantes en su formación nacional. El tejido de la memoria colectiva ha seguido rompiéndose según han pasado los años. Épocas hay que nadie recuerda nada, grandes hiatos de la conciencia nacional, profundas fisuras en el alma dominicana.   

Capitulo XI

   

Y las famosas serenatas, con un grupo de entusiastas jóvenes enamorados, que los viernes o los sábados de cada semana, en las noches, despertaban a la joven amada, es un capitulo interesante de la actividad juvenil de los años 1957 en adelante.

 Se cuentan muchas anécdotas que dejaron huellas imborrables en nuestras vidas. Protagonistas de esos hechos fueron Víctor Grisanty, Lucho Sánchez con su viejo violín, Adalberto Pérez con su clarinete, Gasparin Thevenin, de voz aterciopelada, y Roberto con su armónica, que llamábamos acordeón de boca.   

 Cuento entre otras, aquellas en las que en más de una ocasión íbamos de serenata y era tal la calidad de la voz del crooner, Víctor Grisanty que apodábamos La Quilla, que al final, de las investigaciones y la curiosidad de la homenajeada terminaba en los brazos Víctor, con gran pena y desilusión del que había pagado  los gastos de la parranda.  

 Pero no faltaban padres y abuelos que con su intolerancia, nos bañaban de arriba abajo, con el contenido de las bacinillas.

 Cultores del arte como Chuchú y Gene Solano hacían gala de sus artes declamatorias en las dedicatorias.

 Fue un mecanismo social de declarar el amor en aquellos tiempos en los que no había temor de asaltos, atracos, violencia ni desordenes. Y al día siguiente, una serenata era la comidilla del pueblo, sazonada de curiosidad, chistes y especulaciones de todo tipo.

 Recuerdo que ya en la capital el hecho de tocar la guitarra acompañado del melodioso sonido de un bandoneón, manejado con pericia por Miguel Helena (Miguelo) nos abrió la oportunidad de conocer y cultivar amistad con personas como Héctor Nolasco (Cuchi) hoy famoso medico radicado en Puerto Rico, José Ramírez, nativo de San Juan de la Maguana y destacado profesional de la medicina, Wascar y Emmanuel Esquea Guerrero, que en esa época nos iniciábamos en los estudios en la Universidad. Éramos vecinos en el Ensanche Ozama, recién construido, del sector que abarcaba la Avenida Venezuela, la calle Presidente Vásquez, camino al Alma Rosa.

 Para desplazarse a la Universidad teníamos que tomar dos carros de la ruta que terminaba en el parque Independencia y tomar otro allí, que nos llevaba al campus. El precio era de cinco centavos por ruta, o sea que cada día teníamos que gastar por transporte la cantidad de diez centavos.

 Fueron los días en que comencé a aprender a fumar cigarrillos Hollywood sin filtro, y a veces cuando apretaba el deseo y la necesidad, cambiábamos a Cremas de tabaco negro.

 Un Emparedado de queso se alzaba a la cantidad de cinco centavos y a veces por fumar y comer, se agotaban los recursos de la cuota diaria y tuvimos en varias ocasiones que caminar desde la universidad hasta el Ensanche Ozama llegando a la casa de Don Olegario Helena y su esposa Ernestina Rodríguez, donde nos guarecían, totalmente agotados.

 Nos consolaba el hecho de que para ese tiempo comenzaron a ofrecer un nuevo producto en la que fue la famosa Barra Payan y la Dumbo, en las que trabajo por muchos años Guaro Sánchez que al final termino de administrador, y por benevolencia pueblerina se apiadaba de aquellos hambrientos montecristeños.    

Capitulo  XII

Isabel Mayer

 Con la intención de ser  mas dinámico y sin que tengamos la obligación de seguir una única ruta, a propósito de una interesante reunión convocada por el Movimiento Interiorista para reflexionar sobre la obra de Manuel Rueda (montecristeño)  en especial el poema "La criatura Terrestre" y la novela "Bienvenida y la noche" vamos a incluir en estas vivencias, lo aparece en una pagina del Foro de Montecristi, y es así:

  Amigo y compueblano Tabaré Peña, rebuscando en la memoria recuerdo un detalle sobre el tema que estamos tratando ahora.

Anécdota Isabelina, con tintes Elpidianos.

Parece que mi padre, sin ser de "primera" era socio del Club del Comercio, imagino que sería porque era enllave de Doña Isabel y seguidor del "Jefe" y fue por muchos años Secretario del Partido Dominicano en Montecristi.

Eso me daba la oportunidad frecuentar el Club y de asistir a las fiestas de Reyes, a los Bailes de San Andrés y otras actividades sociales en el límite de mi edad.

Conocí y disfrute de la llamada "Rancheta de la Playa" que era una casona de madera que se metía al mar. En esos tiempos se construyo un trampolín y eso era la admiración de todos.

Después, sobre la casona se construyo un edificio de dos plantas de concreto y se designo como Club Ranfis.

El edificio tenía preparada la mejor habitación de la segunda planta, completamente amueblada, pero el jefe nunca la uso.
Después, reconstruido y ampliado fue Hotel Marbella y después Montechico

En ese Club, la que mandaba era Doña Isabel Mayer y por el sofoque de la edad se sentaba todas las tardes, en una gran mecedora, frente a la puerta de entrada.

Y aquí viene lo bueno:

Muchos de los jóvenes de ese tiempo íbamos a la playa que quedaba detras del Club y a veces cuando iba a entrar y estaba sentada la matrona enseguida me paraba la marcha espetándome: Hey muchachito, ¿Pero a donde es que vas? ¿De quién eres hijo? Párate ahí.

Y entre miedo y espanto alcanzaba a decirle: Doña Isabel, yo soy hijo de Elpidio Helena.
Esas palabras calmaban los ánimos y me decía: "Pero bueno, estos muchachos si están grandes, no te conocía, puedes pasar.

El colofón de la historia es así:

Resulta que todos sabemos, que Isabel Mayer por las razones conocidas cayó en desgracia y resulta que en esa época cuando estaba en la Universidad de Santo Domingo, residiendo en el hogar de Aquiles mi hermano ubicado en la calle San Juan Bosco frente al tanque del acueducto tenía que salir por esa ruta todos los días y como Doña Isabel residía en la calle Dr. Delgado, en casa de Doña Carmen Tavarez Viuda D,alessandro ella subía a la Iglesia Don Bosco y yo bajaba a la universidad, coincidamos.

Y en varias ocasiones la saludaba muy respetuosamente: Buen Día o buenas tardes Doña Isabel y ella muy rápidamente me decía: Buenos días, y ¿cómo esta Elpidio? y la respuesta era: Muy bien, Gracias.

Cosas veredes Sancho, ase es el mundo. 

 

Sigue...

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